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miércoles, 4 de diciembre de 2013

La leyenda de La Novia de Culiacán



Un domingo como a las 5 de la tarde caminaba por el centro cerca de la catedral de Culiacán, cuando en la otra acera vi a una mujer menudita con un rostro acariciado por el paso del tiempo, una mirada muy tierna y tan llena de esperanza que por momentos me parecía irreal, pero la cosa que me desconcertó y me llamo más la atención era que venía portando un vestido de novia, todavía muy blanco, pero un poco deshilachado.

Como yo andaba sin prisas, me que quede observándola hasta que entro a la catedral.

Soy curioso, me acerqué a un comerciante que estaba en la puerta de su negocio, y me conto esta historia:

Es Lupita Leyva Flores; la novia de Culiacán. Unos cuentan que fue en los años cincuenta, pero realmente paso 1948.

La catedral de Culiacán se había llenado de los mejores arreglos florales, familiares y amigos de la pareja abarrotaban el atrio, Lupita lucia esplendorosa, El sacerdote estaba en puerta de la iglesia esperando a recibir a los novios, pero el novio no llegaba, la gente como en estos casos le gustaba murmurar. De pronto, ¡llego! El novio elegantemente entrando por la puerta principal, todo fue sonrisas y aplausos. De pronto los aplausos se confundieron con dos disparos de revólver. El novio cayó instantáneamente, ensangrentado, desposándose con la muerte.

El mejor amigo de Lupita -algunos dicen que por celos- hecho’ mano a su pistola y soltó los disparos mortales, para después salir corriendo.

Según cuentan Lupita enmudeció al momento, sus ojos se engrandecieron y salieron dos grandes lagrimas, no podía creer, no quería creer.

Durante una semana Lupita se quedo con la mirada fija y en silencio, sus amistades preocupadas no la dejaron sola en todo este tiempo, pero lupita no reaccionaba.

Un domingo, exactamente a al cinco de la tarde, Lupita con la extrañeza de todas las personas que la rodeaban y cuidaban, empezó tranquilamente a ponerse su vestido de novia, se arreglo y emprendió de nuevo su camino hacia la catedral . Un camino que volvió a recorrer durante más de veinticinco años, Lupita no quería renunciar a su felicidad, buscaba esa última esperanza de que dios no le podía negar la felicidad, de que ninguna tragedia había sucedido y que al llegar a la catedral ahí estaría su amado esperándola. Así Lupita hizo su camino todos los domingos a las cinco de la tarde a la catedral en busca de su esperanza.

Veinticinco años Lupita no perdió su esperanza, más allá de lo racional, más allá de de lo imposible mantuvo sus sentimientos y su lealtad, ¿irracional? cada quien juzgue.

Entrañable para aquellos que durante años la miraron transitar por la Avenida Álvaro Obregón, Ángel Flores, Miguel Hidalgo, el Mercado Garmendia, el Hospital Civil, las tiendas de telas y mercerías, Guadalupe Leyva Flores ha jugado con el tiempo transcurrido, con esas calles.

Lupita murió en los años ochenta. No recuerdo la fecha.

La leyenda de la momia que sigue con los ojos abiertos






Caso verdaderamente extraño e interesante es el que van ustedes a leer, y de cuya veracidad, espero que su buen juicio lo considere y pondere.


Cuentan que hubo un fraile que vestía tosco sayal y calzaba humildes sandalias allá en los tiempos en que los religiosos cumplían más severamente con las obligaciones de su ministerio.


Además, se afirma que vivía una vida llena de austeridad y sacrificio, al grado de que usaba constantemente bajo sus ropas un cilicio alrededor de la cintura.





Este sacerdote, por sus virtudes, fue muy querido, pues gustaba de consolar a los pobres y fortalecer a los débiles, de modo que su caridad se hizo proverbial entre toda la gente que lo trataba, hasta de aquellos que gozaban de toda clase de comodidades.


Dicen, pues, que una vez al cruzar por la Plaza del Baratillo, tropezó con un sujeto que gozaba fama de incrédulo, quien le dio un empellón, al momento que lanzaba esta expresión al venerable anciano:-”Apuesto a que el Padre don(fulano), no se atreve a tomar una copa conmigo”.


El ministro, con toda humildad contestó:-”Gracias, hijo, y que Dios te perdone”- y siguió su camino indiferente.


El sujeto aquél, a pesar de su embriaguez, pudo darse cuenta, con profundo asombro, que el sacerdote no tocaba con los pies el suelo, y que más bien se deslizaba a cierta altura del pavimento.


De momento lo atribuyó a la confusión de la bebida, pero viéndolo con más atención y fijeza, comprobó que más que una persona física era como una sombra, y su espanto cundió de pronto.


Pasó sin embargo esta impresión, y algunos días más tarde el personaje de este relato, siendo minero, sufrió un accidente en su trabajo, junto con otros compañeros.


Sintiéndose morir, se acobardó hasta el grado de implorar que le llevaran un padre porque iba a morir. Así lo hicieron los compañeros, y poco después ahí estaba a su lado el sacerdote.


-”Padre -le dijo con voz entrecortada y débil-, acúsome de haber faltado una vez a un sacerdote y de haberme burlado de él”. _”Sí, -contestó el fraile-, ese soy yo”.


El moribundo se estremeció de terror, y con los ojos desorbitados, viendo fijamente al religioso, exhaló el último suspiro.


Cuentan que entre las momias que hay en el panteón, está la que pertenece a aquél minero y que conserva la expresión de horror en su cara, con los ojos desmesuradamente abiertos, pues aseguran que nadie pudo cerrárselos después de su muerte.

La Leyenda de La Nahual de Coyoacán






Hace mucho tiempo existía una bella doncella, quien se había casado con el joven más guapo del pueblo. Todos decían que eran la pareja ideal.


Cierta mañana su compadre le preguntó: “¿qué tal es tu mujer?”


“Excelente además de bella una estupenda cocinera. Lo que no me acaba de agradar es que desde que nos casamos me prepara moronga.”





Esto extraño al compadre, quien al día siguiente regreso y le dijo: “compadre no es por chismear, pero a mí me dijeron que eso es malo. Pregúntele a la comadrita el porqué.”


Acto seguido se fue el hombre y cuestiono a mujer: “oye amor ¿porque siempre desayunamos moronga?”


“es porque mi padre es dueño del rastro y lo que no se vende nos lo repartimos entre los hijos, a mi hermano mayor lo tocan las viseras, a mi hermana las patas, y a mí la sangre… por eso.”


El hombre quedo complacido con dicha explicación. Sin embargo el compadre se presento asustado, comentándole que en el pueblo todos sabían que ella era una bruja y que por ello nadie le desposaba.


“mejor espíela compadre… espíela… y vera de dónde saca la moronga.”


Así lo hizo y tempranito en la mañana antes de que el sol saliera, vio como su mujer se levanto y camino hacia la cocina…


A través del fogón vio la figura de su esposa. La cual ante sus ojos y sin percatarse de ser vista, se empezó a quitarse la piel y convertirse en una bola de fuego…


El Joven quedo impactado sin habla, corrió a ver a su compadre y contarle lo que había visto…


“Compadre…. compadre… salga rápido por favor.”


Gritaba el joven, quien al ver a su compadre sin mediar palabra le tomo del brazo y se lo llevo a su casa. Ahí encontraron la piel de su esposa, el compadre al verla se quedo sin habla, mas en un momento de lucidez le dijo: “quemémosla, así no podrá regresar y así ya no seguirá matando a más niños”


Y así lo hicieron.


Quemaron la piel de la joven, quien al regresar y no encontrar su piel gritaba enfurecida y al mismo tiempo asustada pues la mañana se acercaba y el sol empezaba a verse en el horizonte.


El joven escondido y muy asustado vio cuando los primeros rayos del sol quemaron a su esposa.


…y este fue el fin de la nahual de Coyoacán.

La leyenda de El lago encantado de Zirahuén



A 20 km de Pátzcuaro, en el centro del estado de Michoacán, está Zirahuén, comunidad de artesanos y rica gastronomía. Su hermoso lago homónimo en el corazón de la meseta purépecha, rodeado de sitios ideales para el descanso y la recreación, la convierten en excelente opción para pasar días inolvidables.

Zirahuén quiere decir espejo de los dioses, significado que explica la leyenda. Tras la caída de Tenochtitlán, entre los españoles recién llegados a Michoacán un capitán quedó prendado de la princesa Eréndira –hija del rey purépecha Tangaxoan–, a quien raptó y escondió en un precioso valle envuelto por montañas. La bella mujer lloraba suplicando a sus dioses que la salvaran; los dioses del día y la noche, Juriata y Járatanga, le concedieron furia a sus lágrimas para con ellas formar un lago e hicieron de sus pies una cola de pez; convertida en sirena se salvó del sufrimiento y pudo huir de aquel extranjero. Los lugareños cuentan que todavía vaga por esas aguas profundas y que a la víspera del amanecer emerge para encantar a los hombres de mal corazón.

Otra versión señala que fue Eréndira quien se enamoró de un gallardo hombre de un ejército enemigo al hallar en él las cualidades de su estirpe, pues merecería su amor quien fuera valiente y arrojado. Al enterarse, el rey prometió reconocerles el derecho de amarse sólo tras una entrampada condición: el guerrero tendría que pelear contra muchos otros caciques enemigos… Una vez derrotados todos los reinos vecinos, el engaño se hizo evidente, el rey exigía ser igualmente derrotado. La princesa, de pie entre ambos para evitar el enfrentamiento, rogó a su amado que se fuera: “No quiero ser la responsable de la muerte de ninguno de los dos. Si mi padre gana, te pierdo para siempre. Si tú sales vencedor, no me casaría contigo”, dijo. El joven tuvo que aceptar y ella, ante la tristeza por la pérdida del amor y por la traición filial se entregó a un profundo llanto hasta formar el lago con sus lágrimas. Gracias a los dioses sería convertida en sirena para no morir ahogada y en adelante la mujer-pez se convertiría en raptora ocasional de pescadores o pequeños navegantes por confundirlos con su amor.

La Leyenda del Niño enterrado en la Hacienda






Se cuenta que en la Hacienda Sierra Hermosa en un área del interior de lo que era la casa grande de la hacienda se escuchan llantos de niño, llantos de ultratumba. Según se cree, son los llantos de un niño que fue asesinado por su tío y enterrado clandestinamente adentro de la casa.





Se dice que el llanto proviene del suelo, abajo del marco de una puerta entre un pasillo y el comedor. Cuentan que hace varios años, los inquilinos de la casa decidieron escarbar en ese punto no para buscar un tesoro, sino para tratar de encontrar los restos del niño y darle cristiana sepultura. Empezaron a escarbar y a menos de un metro de profundidad primero encontraron tubería, que es más reciente, y siguieron escarbando más abajo hasta que encontraron una piedra de cantera, tipo lápida. Todas las personas que estaban escarbando sintieron algo feo y decidieron ya no seguirle. Rociaron la lápida con agua bendita y la volvieron a cubrir.






Los llantos siempre salen de ahí. Por pláticas de antes se sabe que son los llantos de un niño chiquito que era el hijo de doña Manuela Moncada. Ella había fallecido tiempo antes y su hijo quedó bajo la tutela de su tío Francisco. Este niño iba a ser el heredero de Sierra Hermosa y de otras que habían sido propiedad de doña Manuela. Francisco era entonces el albacea y administrador de todos los bienes de su difunta hermana, y sabía que su sobrino iba a heredar todo esto. Como el niño estaba indefenso, entonces lo desapareció, lo mató a él o lo mandó matar y parece que sí lo sepultaron ahí. Todo hubiera quedado como un misterio sin resolver, pero los llantos de ese niño delatan que sí hubo un asesinato.