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martes, 10 de diciembre de 2013

Bienvenido al Mundo del Sida










Un hombre casado conoce a una escultural mujer en un bar tras una reunión de negocios. Tras tomarse una copas y comenzar a flirtear deciden llevar su pasión a la habitación del hotel del señor. Pero allí descubrirá algo escalofriante…


Existe un relato, una leyenda urbana quizás o quizás sucedió en realidad. Esta es la historia:


Juan era un hombre casado, con dos hijos, el típico padre de familia. Un día tuvo que desplazarse a una convención de trabajo, lejos de su ciudad. En algunas ocasiones tenía que hacer acto de presencia en congresos y exposiciones para conseguir nuevos clientes. En esta ocasión viajó junto a otros compañeros a una ciudad que desconocemos.


Como sucede en estas convenciones, Juan acudió a la salida del congreso a una cena con los compañerosy con algunos conocidos clientes. Después de la cena acudió a una sala de fiestas a tomar la última copa. Estando en la barra vio aparecer una chica guapísima, de las chicas que no suelen verse muy a menudo. Todo el mundo quedó maravillado por su belleza, pues no solo tenía un rostro precioso, sino que su cuerpo era perfecto. Al parecer la chica venía sola y parecía algo triste. Ella se acercó a la barra donde estaba Juan y pidió una copa.


Sus miradas se cruzaron y una leve sonrisa dio pie a cuatro palabras de cortesía. Juan no era de los típicos hombres que intentan seducir a las mujeres de forma descarada. Él simplemente quería conversar con esa preciosa mujer. Empezaron a hablar, a reír, se contaron sus vidas y los vasos vacíos iban acomodándose en la mesa.


Juan, seducido por tan maravillosa chica le ofreció tomar una última copa en el bar del hotel donde estaba hospedado. Ella aceptó con una mirada de complicidad. Como era de esperar Juan y la chica misteriosa pasaron la noche juntos.


Cuenta el relato que se dejaron llevar por los instintos más carnales, sin pensar, sin tomar precauciones, puro instinto sexual.


Al día siguiente Juan abrió los ojos y vio que la chica no se encontraba a su lado. Se levantó con los ojos entre abiertos y un leve dolor de cabeza por los efectos del alcohol. Juan fue al baño para ver si la preciosa chica estaba en él.


Fue entonces cuando Juan vio que en el espejo del baño había un texto escrito con pinta labios.


Juan cayó al suelo, pálido, con cara de terror, un grito de miedo surgió de todo su ser. Pero ¿Qué texto había escrito en el espejo del baño?


El texto ponía: ¡Bienvenido al club del SIDA!


Existen otras versiones de desconocidos que contagian voluntariamente el SIDA a personas aleatorias, en otra versión aún más escalofriante un loco aprovechando las multitudes y aglomeraciones de personas en discotecas, conciertos e incluso en trasportes públicos aprovecha la confusión para inyectar su sangre con una jeringuilla, un leve y rápido pinchazo que salvo por un fugaz dolor y una marca roja en la zona suele pasar desapercibido y olvidado a los pocos minutos. Sólo en contadas ocasiones cuando la aguja se rompe al pinchar a la víctima esta se da cuenta de que probablemente contraerá la mortal enfermedad antes de que un médico se la diagnostique.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Agujas Ocultas con SIDA




Una de las leyendas urbanas que por desgracia se han tornado realidad más veces es la de drogadictos que ocultan las agujas que utilizan para drogarse en lugares estratégicos como asientos del cine o la arena de la playa…


Maite se disponía a pasar un agradable día de playa con su familia. Los niños, al detenerse el coche en elparking que había a pocos metros del mar, salieron corriendo hacia la arena mientras ella y su marido bajaban del coche las bolsas de toallas, la pequeña nevera portátil donde llevaban las bebidas, la sombrilla y un par de bolsas mas con los juguetes de los pequeños.


Sin embargo la armonía y la felicidad pronto se vio truncada cuando Sara, la más pequeña de la familia, empezó a llorar como loca mientras se sujetaba uno de sus pequeños piececitos con las manos. Maite y su marido corrieron de inmediato a su rescate, probablemente se habría cortado con algún cristal enterrado en la arena. Pero por desgracia todo era mucho peor de lo esperado.


La pequeña Sara parecía tener algo clavado, un pequeño trozo de metal que Maite inmediatamente reconoció como una aguja, extrajo el fragmento que parecía haberse roto y buscó rápidamente entre la arena el otro trozo para evitar que alguien más se lo pudiese clavar. Su corazón dio un vuelco cuando tras remover un poco bajo sus pies encontró una jeringuilla con restos de sangre fresca que alguien había enterrado con la aguja apuntando hacia arriba. Estaba claro que algún desalmado la había situado de esa forma, como si se tratara de una trampa para animales, para que algún despistado la pisara.


Maite y su marido de inmediato decidieron llevar a la niña al hospital cercano para que le realizaran unas pruebas y comprobaran si la sangre que había en la jeringuilla estaba contaminada con algún tipo de droga. El médico de guardia trató de tranquilizar a los padres, explicándoles que era muy improbable que al pisar una jeringuilla la droga se pudiese haber inoculado en su torrente sanguíneo. Aún así y para que estuvieran más tranquilos realizarían una prueba de sangre tanto a la niña como con la muestra que había en la jeringuilla. Dentro de un par de días tendrían los resultados.


Salvo por un poco de dolor en la planta del pie, Sara se recuperó tan rápido que sus padres prácticamente habían olvidado el suceso y cuando dos días después recibieron una llamada del hospital se quedaron sorprendidos. El médico les citó en su consulta, nos les dio más información al respecto por lo que quedaron muy preocupados.


El doctor les pidió que se sentasen y les confirmó que en la sangre de la jeringuilla había un agente nocivo, heroína, obviamente días después del incidente y sin haber sufrido la niña ningún percance, la droga no había causado ningún daño. Pero lo más alarmante es que la sangre estaba infectada con SIDA y la muestra que el matrimonio llevó era bastante fresca por lo que era posible que se hubiera producido un contagio.


Pidió serenidad al matrimonio que había estallado en llanto y les dijo que las posibilidades de que Sara hubiese sido infectada eran muy bajas. Aún así por prevención debería realizarse un análisis de sangre pasados unos meses, para ver si tenía los anticuerpos en su sangre.


Maite al llegar a casa empezó a buscar información en internet al respecto y quedó asustada al ver la cantidad de casos de contagio y de personas que se habían pinchado “accidentalmente” con una jeringuilla infectada. Al parecer algunos drogadictos con el virus del SIDA dejaban las agujas en lugares estratégicos como las sillas del cine, buzones, máquinas de refrescos, en parques infantiles o como era el caso de su hija enterradas en la arena de la playa . Lo hacían con la intención de contagiar a la mayor cantidad de gente posible sabiéndose deshauciados y con pocos años de vida. Incluso se habían dado casos en los que aprovechando la aglomeración de un concierto o una fiesta pinchaban aleatoriamente a la gente mientras estaba distraída, ellos simplemente sentían una punzada y hasta meses o años después, cuando se hacían un análisis de sangre o enfermaban, no sabían que eran seropositivos.


Aún así las posibilidades de contagiarse eran realmente bajas y había estudios en hospitales de EEUU en los que se afirmaba que sólo 15 entre 1.000 personas que se habían cortado o pinchado con material quirúrgico contaminado habían contraído el virus. Maite se agarró como un clavo ardiendo a esa estadística para tranquilizarse y aguantar los tres meses que le había indicado el doctor que debían esperar para realizar la segunda prueba de sangre, hacerla antes podría indicar un falso negativo.


El tiempo transcurrió y Sara que acababa de cumplir los cuatro añitos se realizó un segundo análisis, los resultados no podían ser más devastadores, había sido contagiada y debería vivir los pocos años que le quedaran de vida medicándose para ralentizar lo máximo posible la enfermedad y que esta se agravase.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Robo de órganos en la sala de operaciones



Esta es la única leyenda urbana en la que no he podido encontrar casos reales probados. La historia contaría el caso de personas, a las que por ejemplo, se les saca un riñón sano alegando que era necesaria la operación para posteriormente trasplantar el órgano a una persona que pagaría grandes cantidades de dinero a los médicos.

Pero éste no es el caso más escalofriante, otras versiones de la leyenda aseguran que incluso muchas víctimas morirían en la mesa de operaciones en intervenciones quirúrgicas que eran teóricamente rutinarias (como una apendicitis) o simplemente no eran necesarias. De este modo, médicos sin escrúpulos podrían extraer los órganos de la víctima en las condiciones óptimas, en un ambiente esterilizado y sin despertar muchas sospechas.