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martes, 25 de febrero de 2014

Científico advierte sobre el inminente “Apocalipsis” en la Tierra


En los últimos años estamos siendo testigos de un gran un número de desastres naturales como inundaciones, tsunamis, huracanes y más. Muchas personas en todo el mundo creen que estamos presenciando el fin de los tiempos tal cual lo conocemos, aunque los más escépticos aseguran que se trata de simple charlatanería con el objetivo de confundir a la población. ¿Pero qué ocurre si las advertencias del fin de los tiempos procede de respetados científicos que predicen una inminente catástrofe en nuestro planeta?

Cada vez son más los científicos que están advirtiendo al mundo de que tal vez tanto profecías como profetas tengan razón, ya que estamos a las puertas de un gran desastre global que sacudirá a la humanidad. Expertos como Jean-Pascal van Ypersele, profesor belga de Climatología y Ciencias Ambientales de la Universidad Católica de Lovaina, dijo recientemente a los medios de comunicación que no existe ningún plan sobre cómo prevenir futuros cambios climáticos y detener el calentamiento global, ya que una gran parte de Europa estará bajo las aguas a mitad del siglo. Y no podemos olvidarnos del científico James Lovelock, quien en 1965 predijo lo siguiente:

“La humanidad se reducirá a unas pocas parejas reproductoras. Una enorme escasez de alimentos matará a la mayoría de la gente. La mitad del norte de Europa estará bajo el agua. Un mundo sin agua, sin electricidad, y sobre todo sin aire limpio para respirar, la llegada de verdadero apocalipsis”.

Profecía científica

En 1965 los ejecutivos de Shell querían saber cómo sería el mundo en un futuro. Consultaron a una serie de expertos. Cuando la empresa petrolera preguntó el científico James Lovelock, predijo que el principal problema sería el medio ambiente.

“Va a estar empeorando hasta el punto de que tendrá graves repercusiones en sus negocios”, dijo Lovelock.

Lovelock lleva advirtiendo sobre los fenómenos que están ocurriendo en la actualidad desde mediados de la década de 1960 con una exactitud constante, lo que le ha servido para ser considerado como uno de los científicos más respetados de todo el mundo. Él presentó la teoría de Gaia, una teoría revolucionaria de en la cual afirmaba que la Tierra es un superorganismo autorregulado. Inicialmente ridiculizada por muchos científicos, hoy en día es considerada la teoría base de casi toda la ciencia relacionada con el clima.

En uno de sus controvertidos libros, “La venganza de Gaia”, predijo que para el año 2020 el clima extremo será normal, causando una devastación global; que en el año 2040 gran parte de Europa tendrá un clima subsahariano y que partes de Londres estarán bajo el agua. Pero de nuevo, sus predicciones vuelven a sorprender a la opinión pública, debido a los inusuales fenómenos en que se encuentra sometida la Tierra.


Fin del mundo tal cual lo conocemos

Según Lovelock, este es el principio del fin de una fase en la evolución pacífica. Para el 2040, la población mundial de más de seis mil millones habrán perecido por las inundaciones, la sequía y la hambruna. Los habitantes del sur de Europa, así como el sudeste de Asia, estarán luchando para poder acceder a piases como Canadá, Australia y Gran Bretaña. En estos países habrá campamentos para los cientos de miles de refugiados desplazados por el conflicto en el este de África.

Además en 2040, todos los veranos en Europa será extremadamente cálidos. No significara la muerte de la población, pero las plantas no crecerán. Esto dará como resultado a que partes del desierto del Sahara se desplazarán al centro Europa, lugares como París o Berlín. China será inhabitable, debido en gran parte a sus altos niveles de actividad industrial, quienes con toda seguridad serán los primeros en sufrir la muerte de toda la vida vegetal. Entonces los chinos se dirigirán a África para “la colonización” de un nuevo continente.

En el caso de Australia tendrán mejor suerte, ya que dispondrán de suficiente tierra y recursos para sobrevivir. Pero los habitantes de ciertas partes de Estados Unidos se verán obligados a emigrar a Canadá. Sin embargo, Lovelock cree que la emigración es también una forma natural de selección, ya que aquellos que están dispuestos a viajar serán los sobrevivientes. Y cuando los ciudadanos se desplacen para escapar de las catástrofes, se producirán nuevas formas de colonización.


Dando paso a un nuevo mundo

Según Lovelock, el mundo ya se ha enfrentado antes a los terribles eventos que ocurrirán en el mundo, incluso podría llegar a ser un cambio positivo.

“Desde el punto de vista de Gaia, el 20 por ciento de supervivencia de la especie no es del todo malo. La gente va a reagruparse, y la población continuarán a un nivel más compatible con Gaia”, dijo Lovelock.

Pero lo peor de todo es que los gobiernos europeos no están haciendo absolutamente nada para prevenir la inminente catástrofe global que amenaza a todos los seres humanos de la Tierra. Lovelock cree que se están invirtiendo grandes sumas de dinero en energía renovable que no sirven absolutamente para nada y que no es nada bueno para nuestra supervivencia.

“El mundo tal cual lo conocemos es como la linterna, y la batería se agota. Estamos a punto de dar un paso evolutivo en el cual millones de personas morirán, gran parte de la raza humana está a punto desaparecer”, dijo Lovelock.

Los más escépticos llevan años desprestigiando a muchas personas que han afirmado ver un mundo asumido en la oscuridad donde tendrán lugar gran cantidad de catástrofes. Por desgracia todo parece ser realidad, y algunos respetados científicos también son conocedores de la verdad. ¿Estás preparado?

lunes, 6 de enero de 2014

El Infierno en la Tierra






Esta es la historia de un chico que un día se despierta escuchando numerosos alaridos, aunque sigue en cama y posteriormente un nauseabundo olor a carne quemada entra por su ventana, tras lo cual oye disparos, gritos que parecen sobrenaturales y están cerca, y finalmente un choque y una explosión, que lo impulsa a levantarse, asomarse a la ventana y ver que el Infierno ha llegado a la Tierra…


Yo creía que otra vez todo venía de mis pesadillas; y que, si bien me estaba despertando, aquellos terribles alaridos eran alucinaciones auditivas, pues aún padecía de cierta somnolencia propia de ese pesado estado de tránsito entre el sueño y la vigilia. No obstante, pasó un rato y los gritos persistían con una fuerza preocupante, como si no estuviesen en mi mente y proviniesen del exterior de las paredes de este doceavo piso en que tengo mi pieza.


Eran gritos de muchas personas y en distintos tonos: mujeres, hombres, adolescentes y ancianos. Alaridos que no solo reflejaban pánico extremo o desesperación, sino que en algunos casos expresaban palabras o frases, aunque yo no podía entender (ni me interesaba mucho) bien qué demonios decían, quizá por mi somnolencia.


Y pues, vivo en el centro de la ciudad, en el doceavo piso de un edificio alto, viejo y aburrido, donde a menudo, a pesar de estar bastante arriba de todo el ruido, me despiertan ciertos imbéciles que se ponen a pitar o a insultar sabiendo que el tráfico está congestionado y no ganarán nada portándose como animales. Eso es lo común, porque algunas veces ocurren accidentes de tráfico y los morbosos se aglomeran a ver si encuentran un poco de gore en vivo, o bien una ambulancia emite su desesperante sonido al no poder abrirse paso en la marea de coches, o incluso, aunque estas ocasiones son contadas, se incendia alguna casa o edificio en los alrededores… Vaya, y pensar en lo que me dijo la dueña del edificio cuando firmé el contrato de alquiler hace siete meses: “Es el centro, todo está muy cerca y en este piso hay una vista maravillosa de la ciudad, además de que aquí no llega el bullicio”… Sí, claro, “no llega el bullicio”… ¿Y los gritos que estoy escuchando, vieja estafadora, me vas a decir que me fumé un porro y por eso los oigo?


Algo así habría querido decirle a la dueña del piso si la tuviera aquí, porque todo el infernal coro (uso la palabra irónicamente) me seguía perturbando, aunque me llamaba la atención algo en la manera de gritar de esa gente: una cosa extraña, que no conseguía entender bien qué era ni por qué no entendía bien qué era… Me parecía que tenían más profundidad que los gritos comunes, que la textura del sonido era un poco diferente, que las emociones que reflejaban tenían algo que se salía de lo normal. ¿Era eso, o acaso me estaba sugestionando y simplemente se trataba de una huelga u otro tipo de manifestación? Si era una huelga: ¿qué les estaban haciendo para que griten así?; si no era una huelga ni una manifestación: ¿era un accidente de tráfico múltiple o algún horrible atentado terrorista cuyos heridos no dejaban de gritar?


Si era algo importante como parecía, seguramente lo vería pronto en los noticieros de mediodía; pero eso sí: no me iba a levantar de la cama, no con la pesadez y la somnolencia que tenía, aunque hacía un irritante calor que parecía de mediodía, cosa inusual en febrero…


Quise intentar dormir un poco más pero fue en vano: la estrepitosa polifonía continuaba jodiéndome los tímpanos y la tranquilidad. Estando así, lo mejor que pude hacer fue afinar mi oído a ver si conseguía distinguir palabras que me revelaran la razón de tanto escándalo y caos. Al hacerlo, no distinguí nada pero sí que me terminé de amargar al percibir que un olor perturbador entraba por mi ventana. Quizá el olor ya estaba antes y la somnolencia, que ahora era mucho menor, no me había dejado percatarme de su presencia, o de su maldita presencia, para ser exacto, pues era el desagradable aroma de algo quemándose, que no era madera ni papel ni plástico ni nada que conociera. Ese olor no solo entraba por mis fosas nasales (que se habrían suicidado si tuvieran voluntad), sino que se filtraba por todos los poros de mi cuerpo, impregnándome con su asquerosidad…


“¡Me cago en su puta madre!”, grité yo, ya fuera de mí, golpeando con todas mis fuerzas la pared que estaba junto a un lado de mi cama, tan duro que después tuve que insultarme porque casi me dejo sangrando los nudillos de mi mano derecha… ¿Cómo podía ser? Primero el ruido y ahora ese olor desquiciante, que se acabaría pegando en toda mi pieza si no me levantaba a cerrar la ventana, y sin embargo no, yo seguía allí acostado cual un Snorlax (el pokemon que es un gato obeso) pasado de copas…


“Esto no puede ser peor”, pensé yo ingenuamente, pues justo en ese instante escuché disparos… ¡disparos de armas de fuego! Oh Dios, oh Dios, ¿acaso estaban filmando una película de acción o terror en los alrededores? No aguantaba más, no quería levantarme, e intentaba calmarme aferrándome a la absurda idea de la película, cuando de pronto el corazón se me subió a la garganta y los escalofríos me sacudieron por completo, haciendo añicos la ya reducida somnolencia que me quedaba…


No, no, no y no: no, señores, ustedes jamás escucharán algo así, al menos no mientras vivan, y espero que tampoco después… Eran gritos inhumanos, gritos que por su intensidad y claridad era evidente que no venían de la calle, sino de fuentes localizadas a unos pocos metros de mi ventana, que por fortuna no me mostró nada porque tal vez, así como estaba en esos momentos, tranquilamente podía haber muerto de un paro cardíaco. Yo solo les diré algo: busquen horas, días enteros si lo desean, busquen las voces guturales más infernales que puedan encontrar en el black metal o algún otro género salvaje como el aggrotech, y ni con eso conseguirán algo que sea la mitad (no se diga más) de aterrador de eso que escuché.


Con el brazo temblando me persigné, yo que jamás voy a misa y tengo posters de grupos musicales con estética algo satánica. Tenía gotas de frío sudor en la frente, mis palpitaciones eran tan rápidas como las de un atleta en pleno maratón, y mi respiración era más agitada que nunca. Yo quería calmarme pero en ese estado mi mente no producía pensamiento alguno, hasta que escuché el choque de dos vehículos y seguidamente una explosión, tan fuerte como si hubiese reventado uno de esos camiones que transportan gas. No sé cómo es que el vidrio de mi ventana no se rompió y mis tímpanos sobrevivieron, pero al menos la explosión me calmó un poco con respecto a los gritos que había escuchado cerca de mi ventana. En todo caso, en ese instante, como guiado por mis reflejos, salté de mi cama y corrí a la ventana a ver qué pasaba.


No di crédito a lo que estaba viendo, simplemente observé todo estupefacto, atónito, con la boca abierta, y después cerré los ojos, me los froté, y los volví a abrir en la esperanza de que fuera la pesadilla más vívida de toda mi vida. Nada desapareció: la escena infernal persistía, desafiando mi sentido de la realidad, amenazándome con sumirme en la locura. Las personas corrían de un lado a otro gritando, intentando escapar de algo que no alcanzaba a ver o descifrar; había coches empotrados contra las paredes, abandonados por sus ocupantes o chocados con otros coches, y muchos de ellos ardían en llamas; un camión cisterna ardía en la mitad de la amplia calle principal; abajo y arriba, yacían incendiadas las plantas de los balcones de mi edificio; las explosiones continuaban proliferando por doquier, y reventaban coches, tanques de gas dentro de casas, o incluso gasolineras; y en todas las calles, dispersas aleatoriamente, había pequeñas hogueras cuyo combustible era de una naturaleza que no pude revelar hasta que noté que algunas de esas hogueras se movían, o se arrastraban, pues en realidad eran personas calcinadas, tan quemadas que tenían el aspecto lastimero de quienes mueren en el fuego y terminan como pequeñas y huesudas momias negruzcas. ¡Cómo habrían deseado la eterna disolución esos infelices condenados, esos seres miserables cuyo ardiente ropaje no acababa de exterminarlos!


Me alegra saber que ninguno de ustedes podrá imaginarse lo que cuento de una forma igual o más horrorosa de lo que fue aquello que vi y jamás podré olvidar. Era algo sobrecogedor, que me hizo derramar lágrimas de compasión y a la vez me hizo temblar de miedo. Como les decía, esas personas que se arrastraban nunca se extinguían, pero a veces el calor hacía que se les cayera un brazo, un pie o una mano, que se les fueran cayendo (convertidos en cenizas) trocitos de carne, o que se partieran en dos, profiriendo alaridos de pánico mientras sus vísceras cocidas se derramaban por el suelo; aunque después, como pude notar, siempre venían, arrastrándose por el suelo, unas criaturas (si así puedo llamarlas) que eran como serpientes hechas de oscuridad, aunque con las cabezas —según percibí de lejos— con forma humana, y entonces esos seres envolvían a los condenados y los recomponían para que volviesen a arder, ahora ya con la piel, los cabellos y todo regenerado… Entonces, una vez que volvían a quemarse desde el principio, iban desprendiendo pedazos (en llamas) de ropa y piel quemada, que dejaban tras de sí cuando se desplazaban arrastrándose.


También, y aunque extrañamente no lo había notado antes, en muchas de las ventanas de otros edificios y casas, alcanzaba a verse fuego adentro, el humo salía negro y abundante, y solían aparecer personas que, corriendo algunas veces en llamas, se acercaban a los bordes de las ventanas y saltaban.


Por mi parte, yo continuaba de pie en mi ventana, contemplando todo, aún tembloroso y con los ojos húmedos. Desde luego, para aquellos momentos ya tenía claro que, el olor que percibí antes de ver todo, era el olor de la carne humana quemándose, el olor del Infierno. Ya las sensaciones eran demasiado claras para tratar de convencerme de que todo era una pesadilla, y en los otros pisos de mi edificio las personas también se lanzaban, escapando del fuego que aún no me visitaba.


Algo que me dejó aún más en shock fue ver a mi vecina Marta, lanzándose en llamas junto a su bebé de cuatro meses. ¿Qué explicación había para eso? Si estaba viendo el Infierno: ¿qué hacía un bebé en el infierno? Yo había escuchado rumores de que Marta practicaba brujería, le echaba agua hirviendo a los gatos y maltrataba a su otro hijo; pero, si estaba viendo su futuro en el infierno: ¿era el bebé una ilusión creada para aumentar su tormento? Solo eso podría tener algo de sentido, porque incluso todo lo que veía no podía ser pensado como un infierno admitido por Dios…


Todo era tan absurdo, tan inconcebible, y sin embargo era… Incluso, como si no bastase, empezaron a aparecer vehículos militares, y los soldados salían, le disparaban a al aire o a las personas, se mataban entre ellos, se suicidaban, echaban granadas y corrían a romperse la cara contra algún poste, o protagonizaban otras locuras por el estilo. Además, estaban lloviendo bolas de fuego, grandes bolas de fuego. Cuando alcé la vista, vi que en el cielo nublado volaban unos dragones de unos quince metros, con la piel tan negra que las escamas de un dragón a veces mostraban tonos naranjas, pues reflejaban el fuego que escupían sobre la gente los otros dragones… Ya era demasiado, la escena parecía un retorcido film de fantasía, que poco más y rozaba lo surrealista por su proximidad al mundo de las pesadillas.


No piensen que los dragones no daban miedo: sus enormes ojos de iris rojos eran tan humanos en aspecto, y tan demoníacos en esencia, pues la mirada de estos seres alados reflejaba ira, odio, maldad, y una inteligencia superior a la humana, que hacía pensar en la “inteligencia angélica” que los teólogos asignaban a los ángeles, y que no resultaba difícil atribuir a esas abominaciones si se las consideraba como ángeles caídos…


Por otra parte, era muy perceptible el sadismo de los dragones, porque tenían como destrozar todo rápidamente a colazos o con las garras, pero preferían rugir, escupir fuego, y herir a la gente antes que exterminarla temporalmente (recuérdese que las serpientes de sombra los revivían). Estaban por todas partes, a miles de metros, y hasta en el horizonte, donde ya solo alcanzaba a verlos como puntos negros que se movían. Hasta donde daba mi visión, los dragones hacían el mismo tipo de cosas en todas partes, en todas las zonas del infierno, o de lo que parecía el infierno, porque quizá estaba teniendo visiones del Apocalipsis, puesto que en el cielo aparecieron algunos aviones de guerra, que en vano lanzaron los misiles contra los dragones, pues éstos ni siquiera sufrieron herida alguna, y así unos cuantos pilotos, desesperados, se suicidaban (eso creían) estrellando sus cazas contra las diabólicas bestias.


Si era el Infierno: ¿por qué se les daba a los humanos la oportunidad de creer que podían pelear contra los dragones? Si era el Apocalipsis: ¿por qué revivían las personas a fin de volver a sufrir? Quizá el Apocalipsis, al menos para la mayoría de personas, implicaba vivir no solo el fin del mundo sino algo que, dependiendo del caso de cada persona, era o bien una experiencia anticipada del Infierno (en donde nadie muere ni se destruye irreversiblemente porque tiene que seguir sufriendo) en que habitarían por siempre; o bien, y como proceso de expiación, una experiencia del Infierno aquí en la Tierra, pero de duración limitada pues después gozarían de la presencia divina tras su pase por el Purgatorio. Sea lo que fuere, resultaba acertado llamarle “El Infierno en la Tierra” a eso que veía, y que en realidad me parecía que debía ser el Apocalipsis en la forma descrita, esto es, como el fin del mundo ejecutado a través de una especie de venida del Infierno (que no es tanto un lugar sino una situación) a la Tierra.


Naturalmente he pensado todas estas cosas a la hora de contar lo vivido, porque en esos momentos ni siquiera un matemático tendría tanta cabeza fría como para ponerse a analizar. Por suerte todo acabó en poco tiempo. Fue así:


Yo seguía mirando todo cuando, después de que los dragones gritaron con voz humana, uno de ellos, que estaba bastante lejos, se viró en dirección hacia mí y empezó a volar lentamente, acercándose. Quería correr pero ni siquiera podía voltear la cabeza, era como si una fuerza misteriosa me obligase a estar quieto, esperando lo peor. Lágrimas de intenso terror brotaban de mis ojos a medida que el dragón se aproximaba, aunque estando a unos tres metros se detuvo, me miró fijamente y entonces, súbitamente y velozmente recordé las mayores maldades que había cometido en vida, a la par que sentía gusanos invisibles moviéndose adentro de todo mi cuerpo; después mi mente volvió a lo que estaba viviendo, y el dragón abrió su enorme boca mostrando sus colmillos enormes y delgados, dispuestos en hileras al igual que un tiburón. Lo último que recuerdo es el intenso resplandor naranja de ese torrente de fuego, y el calor insoportable y distinto a todo cuanto había conocido: un calor que te quemaba cada célula antes de destruirte, un calor que no era solo físico sino también espiritual, pues yo, yo que toda la vida me pregunté en dónde diablos estaba “esa estúpida fabula del alma”, yo sentí entonces por primera vez a mi alma, ardiendo en las llamas implacables del infierno. Tras eso, vino un instante de duración indiscernible y dolor infinito, después sentí que caía y caía sin parar en un vacío sin fondo, y finalmente, como si acabase de caer sobre mi cama aunque en realidad esto nunca ocurriese físicamente, me encontré a mí mismo en mi cama, boca arriba, con los ojos bien abiertos y el corazón latiéndome a toda velocidad.


Grité, grité una y otra vez allí en mi cama, con gotas heladas en la frente, con el cuerpo temblándome de nerviosismo. Después me calmé, miré alrededor, me froté los ojos, vi que todo estaba como antes del horror, volví a proferir alaridos de desesperación para desahogarme, y finalmente me quedé allí, sentado en mi cama, con las piernas extendidas y la espalda ligeramente encorvada, mirándome las palmas de las manos como un enfermo mental, intentando convencerme de que solo fue la peor pesadilla de mi vida, o al menos eso creí hasta que giré mi cabeza a la derecha y vi que allí, sobre mi velador, yacía un pequeño (poco más grande que una canica) trocito de carne chamuscada. Al verlo grité de nuevo como desaforado, y después lo tomé, lo olí y comprobé que tenía el mismo olor que la carne humana chamuscada. Pese al inmenso nerviosismo, pensé en guardarlo a modo de evidencia (nunca sería una prueba) de que todo lo que vi fue real, pero el pedacito de carne quemada se secó rápidamente, hasta reducirse a un montón de cenizas que se me escurrieron entre los dedos, cayeron sobre mí y se desvanecieron para siempre, igual que mi cordura…


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ORIGEN: Se desconoce el origen concreto de este creepypasta, pero probablemente se inspira, además de en la visión religiosa del fin del mundo, en el temor, más o menos generalizado, de que dicho fin llegue un día inesperadamente, sin previas señales…