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viernes, 3 de enero de 2014

El Cuadro del Niño Llorón



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Un hombre compra un cuadro en el mercado negro, en el lienzo puede verse la imagen de un niño llorando desconsoladamente. Por la noche un llanto le despierta y al acercarse al cuadro puede observar como…





Héctor era un amante del arte y, aunque vivía en una situación realmente cómoda (económicamente hablando), sabía que sus recursos eran limitados y por ello no dudaba en recurrir al mercado negro cuando quería obtener una nueva pieza para su colección.


El tráfico de obras de arte de dudosa procedencia estaba en auge, pues durante y después de la Segunda Guerra Mundial muchos fueron los soldados y oficiales que saquearon museos o las mansiones de los más ricos, llevándose cuanto en ellas encontraban. No era por esto extraño que Héctor comprara verdaderas gangas y cuadros muy por debajo de su valor.


En algunos casos el mismo Héctor se encargaba de encontrar al comprador perfecto y revenderlos posteriormente, multiplicando el precio que había pagado, pero en otros quedaba prendado de la belleza de alguna obra y decidía quedársela él mismo o guardarla algo más de tiempo hasta que decidía si la vendería o serviría para ampliar su gran colección. Ese fue el caso de un cuadro que le dejó sin habla nada más verlo…


En el lienzo podía observarse el rostro de un niño llorando con una expresividad casi única, sin conocer su historia se podía intuir el gran sufrimiento que había padecido el pequeño, un llanto que el artista había captado con tal realismo que sólo mirarlo te imbuía en una gran tristeza.


Héctor estaba decidido, quería comprar esa obra, pero no podía demostrar mucho su interés si no quería que el precio se disparase.


- ¿Y éste cuánto cuesta? – preguntó Héctor.

- Ese es de los caros – le dijo el comerciante ilegal – pero como usted es buen cliente se lo dejo en 100 pesetas.

- ¿100 pesetas? – dijo Héctor con tono malumorado – Pero si a este pintor no lo conoce ni su madre.


En el lienzo podía leerse la firma de un tal Giovanni Bragolin, sin duda un desconocido, aunque eso no era un impedimento para Héctor, que sabía apreciar el arte y no dudaba en que esa obra la podía vender fácilmente al triple del precio que le había marcado.


- Te doy 50 pesetas, esa es mi última oferta y deja de tratarme como a un ignorante o no me volverás a ver el pelo nunca más.

- Disculpe, don Héctor – dijo el vendedor con tono sumiso –, se lo envuelvo ahora mismo.


Héctor se fue a su casa con el cuadro bajo el brazo, una tela vieja lo protegía de las miradas de curiosos y por algún extraño motivo sentía que debía ser así, como si se tratara de un niño real al que hubiese adoptado. Sus lágrimas lo habían conmovido tanto que sentía un profundo pesar cuando recordaba su obra recién adquirida.


Para el cuadro reservó un lugar especial en la habitación en la que dormía, no quería que quedase expuesto a las miradas de las visitas en el salón, al menos no hasta descubrir algo más de su procedencia y el autor. Apuntó en una hoja de papel el nombre del pintor: Giovanni Bragolin. Al día siguiente (y como había hecho en muchas otras ocasiones) acudiría a la biblioteca a buscar información, tal vez el lienzo era más caro de lo que él pensaba.


Al finalizar el día, Héctor se acercó de nuevo al cuadro del niño llorando, se quedó mirándolo durante varios minutos, observando con detalle su compungido gesto. Trató de imaginarse qué pudo causar las lágrimas del pequeño: el hambre, un castigo, malas calificaciones… No, sin duda había una historia mucho más duradetrás de las lágrimas, tal vez la muerte de un hermano o de sus padres. El llanto era desconsolado, pero a la vez mostraba una profunda tristeza y miedo a quedarse solo. Sí, eso debía ser, era algún huérfano de los miles que había dejado la guerra.


Héctor se acostó en la cama mirando hacia el niño, como si tuviera que protegerlo y velar por su descanso. Estaba agotado así que no tardó mucho en dormirse, pero esa noche no podría conciliar el sueño como él hubiese querido…


De madrugada un leve quejido le despertó, era indudablemente el llanto de un niño, la oscuridad no le permitía ver con claridad, pero sin duda el sonido provenía del cuadro. Se levantó y pudo ver como de losojos del niño parecían brotar lágrimas reales que goteaban hasta el suelo y habían formado un pequeño charco. Impresionado, se quedó mirando fijamente a los ojos del pequeño cuando… ¡Sintió que se movían levemente para mirarle directamente!.


Se pegó tal susto que casi se cae de espaldas, pero por suerte la cama estaba cerca y pudo sentarse sobre ella, totalmente bloqueado por el miedo.


Los ojos del pequeño se clavaban sobre los suyos y su gesto triste tornó a uno enfurecido, sus ojosparecían arder y cambiaron su azulado color por un tono rojizo que parecía echar chispas, de repente el marco del cuadro comenzó a arder con unas llamas tan intensas que rápidamente envolvieron toda la habitación…


Héctor se despertó totalmente empapado en sudor, todo había sido una pesadilla, miró al cuadro y no percibió nada extraño, el niño seguía igual y no había ningún fuego a punto de devorarlo. Trató de conciliar nuevamente el sueño, pero le resultaba muy difícil, así que decidió levantarse para beber un poco de agua. Al pasar cerca del cuadro casi se cae al suelo cuando resbaló sobre un pequeño charco que había justo debajo y era idéntico al de su sueño.


Héctor, que nunca había sido muy asustadizo, trató de encontrar explicación: ¿una gotera?, ¿una tubería rota?, todo parecía imposible pues ni estaba lloviendo ni había ninguna bajante de agua en el cuarto. Descolgó el cuadro y lo dejó sobre una silla de la habitación para comprobar que no hubiera ninguna mancha de humedad detrás del lienzo: no había nada extraño. Intentó calmarse y no darle más importancia, pero esa noche no pudo volver a dormir y sin poder evitarlo seguía echando miradas furtivas al niño del cuadro que reposaba sobre la silla.


Al llegar la mañana desayunó, se aseó y decidió salir a buscar más información sobre el artista. Su búsqueda en la biblioteca no tuvo éxito, toda una mañana perdida entre libros. Pero había algo que no cuadraba, el estilo le resultaba familiar e incluso estaba seguro que había visto ese apellido en alguna otra parte. Así que decidió consultar a Ernesto, otro traficante de obras de arte como él, con el que había tenido más de una vez algún problema al tratar con los mismos clientes o pujar en alguna subasta por el mismocuadro.


- Vaya, vaya, mira a quien tenemos aquí – dijo Ernesto –; si es mi gran amigo Héctor, supongo que ya no estás resentido porque la condesa no te comprara aquel horroroso retrato.

- Buenas tardes, Ernesto, digamos que la cosa quedaría en paz si me ayudas a encontrar algo de información sobre un artista – le dijo mientras le tendía el trozo de papel donde estaba apuntado el nombredel autor.

- Hombre, pero si es mi gran amigo Bragolin, por supuesto que puedo darte información, pero el tema es… ¿qué saco yo a cambio? – dijo devolviendo el papel a Héctor.

- Supongo que lo de que quedemos en paz no es suficiente, ¿no?.

- Hombre, yo estaba pensando en algo más como un 30% de la venta; si es el cuadro que pienso, hay un buen beneficio para ambos.

- Un 20% y es mi última oferta (esa frase parecía funcionarle siempre).

- De acuerdo, un 25% y dejamos “en paz” el tema de condesa, al fin y al cabo somos “colegas” en estenegocio.


Héctor asintio y tomó asiento en un viejo sillón que Ernesto le indicó con la mano.


- Como habrás podido adivinar el nombre de Giovanni Bragolin no es más que un pseudónimo, el nombre real del artista es Bruno Amadio. Es un fascista detestable y sin escrúpulos del que se dice que tuvo que huir de Italia al acabar la guerra. Hace un par de años me crucé con él medio por casualidad en una taberna sevillana, estaba tan borracho que no paraba de decir estupideces sobre el Diablo y todo el dinero que iba a ganar. Lo cierto es que poco tiempo después el pseudónimo con el que firmaba sus obras se empezó a hacer muy popular y escuché que consiguió vender varias de sus obras a una duquesa. Pero el hombre estaba tan desquiciado que parece que no pudo disfrutar mucho de su fortuna, se mudó aquí a Madrid y desapareció.


Héctor, que se había mantenido callado escuchando con atención, le preguntó:


- No quisiera arriesgarme a vender una obra robada aquí en España, ¿no será el cuadro que compré uno de los de la duquesa?

- No, por eso no te preocupes, hasta donde sé ha pintado 27 retratos de niños llorando, pero nunca ha conseguido el mismo realismo que fue capaz de imprimirle al primero. Los 26 restantes son mas o menos conocidos y se pueden localizar con facilidad, incluso hay algunas falsificaciones circulando. Pero algo me dice que el que tienes tú es el primero, la cara con la que me escuchabas es la misma que puse yo cuando vi el cuadro aquella noche en Sevilla. ¿Es precioso verdad? Esos ojitos parecen estar llorando de verdad.

- Ni te lo imaginas, es tan bonito que cuesta desprenderse de él.

- Pues, amigo, te aseguro que cuando se lo llevemos a la duquesa vas a tener como poco más de 100.000 razones para querer venderlo.


Héctor y Ernesto se estrecharon la mano y quedaron en partir hacia Sevilla al día siguiente. Lo que había escuchado era mucho más de lo que jamás había podido imaginar, un auténtico dineral en la época y de paso se podría deshacer de ese cuadro que le provocaba escalofrios y ternura a partes iguales.


Tras tomarse una cerveza en el camino para celebrarlo y cenar algo en una tasca de mala muerte justo bajo su casa, Héctor subió a apartamento y entró en su dormitorio…


En el suelo estaba el cuadro que parecía haberse caído de la silla donde lo dejó por la mañana, lo volvió a subir a la silla, verificando que no se hubiera roto con el golpe, y se desvistió para ir a dormir. Mientras se quitaba la ropa escuchó nuevamente como el cuadro golpeaba el suelo, era como si tuviera vida y no quisiera estar relegado a un lugar tan ruín como una silla. Héctor no quería arriesgarse a romper una obra tan preciada, así que colgó el cuadro nuevamente en la pared donde lo había hecho la noche anterior. Pasados unos minutos, el cansancio de no haber pegado ojo la noche pasada le pasó factura y cayó en un profundo sueño.


Exactamente a la misma hora que la noche anterior un llanto le despertó, el hombre se levantó y, como la noche pasada, pudo verificar que las lágrimas del niño salían del cuadro y mojaban el suelo. El niño se giró y fijó sus ojos sobre los suyos, sólo que esta vez Héctor no reculó ni retiró la mirada. Se quedó buscando una explicación en el interior de los ojos del chiquillo. Sin saber muy bien cómo, pareció adentrarse en sus pensamientos y pudo ver lo que tanto temía…


Como si de un simple espectador se tratase, pudo ver la estampa de un orfanato italiano en la que se agolpaban decenas de niños que habían perdido a sus padres, entre todos ellos pudo distinguir al niño de su cuadro, llorando en una esquina de forma desconsolada. Un hombre vestido con el típico uniforme de lasCamisas Negras (fascistas italianos) le retrataba sin dejar de insultarle y golpearle con sus duras botas militares cada vez que cesaba el llanto. Había algo malvado en aquel hombre pues, como si estuviera poseido, pintaba a una velocidad infernal y sonreía con una grotesca mueca de satisfacción cuando veía al pequeño llorar.


La siguiente imagen que le vino a la mente fue la del cuadro en uno de los pasillos del orfanato. Por alguna extraña razón el artista lo había dejado allí mismo tras concluir su obra. Cuando los niños estaban durmiendo el cuadro tomó vida como en su sueño, primero los ojos del niño se volvieron rojos y después una bocanada de llamas comenzó a brotar de los marcos del cuadro, misteriosamente sin dañar el lienzo que parecía no poder quemarse con las llamas.


El fuego rápidamente se propagó cerrando la única posible vía de escape de decenas de niños huérfanos que gritaban de dolor cuando las llamas comenzaron a quemar sus pequeños cuerpecitos. El niño del cuadro asistió muerto de miedo, desde una esquina de la habitación, a cómo el resto de sus compañeros ardían uno por uno, era como si el fuego se comportara de una forma inteligente y le dejara para el final disfrutando de sus lágrimas y del sufrimiento que sentía al ver morir a sus amiguitos. Hasta que finalmente el mismo niño ardió profiriendo horribles gritos de dolor que duraron más de dos minutos.


De nuevo la imagen cambió y pudo verse el orfanato devastado y derruido por las llamas, sobre los restos humeantes había un objeto que parecía no haber sufrido las inclemencias de las altas temperaturas, un lienzo parcialmente enrollado en el que podía verse el rostro lloroso del niño que había muerto esa misma noche junto a sus 26 compañeros. El hombre vestido con el uniforme fascista caminó sobre las ascuas del orfanato como si el calor no le afectara y recogió su obra. Al extenderla, la miró fijamente a los ojos y éstos se volvieron rojos y una voz de ultratumba le dijo:


- Con esto se completa nuestro pacto, nunca más sufrirás por dinero o tendrás necesidad, disfruta de tu vida terrenal, pues yo te estaré esperando en la otra vida.


Héctor veía todo como un simple espectador hasta el momento que escuchó al mismo Diablo proferir aquellas palabras, en ese momento dio un paso atrás y pudo ver como el niño del cuadro le miraba fijamente con los ojos rojos y su boca comenzaba a moverse:


- Tú me has llamado, ¿qué es lo que deseas?, ¿dinero?, ¿mujeres?. Todo lo que quieras yo te lo daré.


Héctor saltó hacia atrás sobre la cama con la mala fortuna de que se golpeó en la cabeza al rodar sobre ésta: el golpe pareció despertarle de su pesadilla, ya que al mirar nuevamente al cuadro, éste mostraba su aspecto normal, el de un niño llorando desconsoladamente.


Pero sabía que no había sido un sueño, un pequeño charco bajo el cuadro delataba que lo que había visto y vivido era real… Sin importarle el dinero que supuestamente iba a recibir por el cuadro, fue corriendo a la cocina, sacó un cuchillo de un cajón y se dirigió corriendo con la intención de desgarrar el cuadro y acabar de una vez con la maldición. Pero al entrar en la habitación la puerta se cerró de un fuerte golpe detrás de él y el cuadro nuevamente mostró su lado más diabólico cuando el niño, con los ojos rojos, se giró a mirarle. Una vez más las llamas comenzaron a quemar todo a su alrededor y Héctor no pudo más que sufrir una de las muertes más atroces posibles mientras el fuego parecía deleitarse con su sufrimiento, quemándole léntamente hasta dejarle totalmente carbonizado.


Misteriosamente ninguna otra parte del edificio ardió y los vecinos no escucharon los alaridos de dolor de Héctor, por lo que a la mañana siguiente, cuando Ernesto pasó por el apartamento de Héctor para emprender juntos su viaje a Sevilla, encontró la puerta abierta y temiendo lo peor entró en el cuarto de su “colega” de profesión, donde encontró todo carbonizado… salvo el lienzo del niño llorando sobre el cuerpo abrasado de Héctor.


Ernesto nunca había sido un hombre con escrúpulos y no iba a empezar a serlo esa mañana, así que tomó el cuadro y salió corriendo del lugar antes de que la policía o algún vecino pudiesen descubrir el destino de Héctor. Debía darse prisa para llegar a Sevilla y poder vender ese cuadro… o tal vez no, pensó mientras lo miraba sentado en uno de los asientos del tren.


Al fin y al cabo era tan bonito y… ¡Tenía que protegerlo!


NOTA: Los cuadros de los niños llorones son obras de arte reales de Bruno Amadio. Un artista italiano nacido en Venecia en 1911 y que tras la Segunda Guerra Mundial se afincó en España, concretamente en Sevilla y posteriormente en Madrid donde se le perdió el rastro. Firmaba sus obras con varios psudónimos como: Angelo (Giovanni) Bragolin, Franchot Seville y J. Bragolin.


A lo largo de su carrera realizó 27 retratos de niños llorando, obras que le catapultaron a la fama a pesar de que sus anteriores trabajos como pintor habían pasado desapercibidos. Sin embargo el realismo de sus últimas obras, junto al alto impacto emocional que causaban sus cuadros (que siempre mostraban niños con lágrimas en los ojos) provocaron que fueron cientos las copias que se realizaron en láminas de sus obras.


Mucha gente tenía en su casa una reproducción de una de las obras de Amadio por lo que fue fácil difundir la leyenda urbana de que su éxito se debía a un pacto con el Diablo. Según algunas versiones los mismos cuadros (incluso sus reproducciones) eran un instrumento muy valioso para realizar pactos con el Demonio, en otras se aseguraba que el artista antes de retratar a los niños los violaba y por ese motivo aparecían llorando. Pero en lo que todas las versiones coincidían es que el primer cuadro, el original, fue el único que sobrevivió a un trágico incendio en un orfanato y desde entonces el espíritu del niño había quedado atrapado en el lienzo. Además aseguraban que poseer uno de esos cuadros era muy peligroso, porque se habían provocado misteriosos incendios en las casas donde estaban colgados, siempre sin que el lienzo o la lamina sufriera ningún daño.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Los Niños del Ferrocarril










Cuenta la leyenda que un autobús escolar se detuvo sobre las vías del tren en un paso a nivel, su conductor…


Cuenta la leyenda que un autobús escolar se detuvo sobre las vías del tren en un paso a nivel, su conductor estaba tan borracho que no se dio cuenta de donde había aparcado mientras bajaba a orinar. Por desgracia a los pocos segundos un tren de mercancías que circulaba a gran velocidad chocó contra el bus matando a todos los niños que había dentro, los pobres angelitos casi ni se dieron cuenta. Se dice que desde entoncessus almas sin descanso penan en ese mismo punto deseando cobrarse la vida de quien les dejó a su suerte por influjo del alcohol.


Cualquiera que se detenga por la noche en el paso a nivel del tren con la luz en rojo sufrirá su ira ya que decenas de pequeñas manos invisibles empujaran su coche hacia la vías, donde serán aplastados por eltren.

Los más afortunados podrán acelerar su vehículo y escapar a tiempo, pero los espíritus de los infantes impedirán a cualquiera que haya bebido o esté borracho escapar con vida. Según los testimonios de los pocos supervivientes a veces cuando los cristales de los coches están empañados se pueden ver susmanitas apoyándose en el cristal mientras te empujan a tu muerte. Otros dicen haber escuchado las voces y lamentos de los niños mientras permanecen en el sitio.

martes, 10 de diciembre de 2013

Descansando en el Avión










Un piloto se dispone a realizar su turno de descanso después de que una azafata le informe de que la cabina habilitada para ello está disponible. Pero al llegar encuentra una pequeña niña de unos cinco años durmiendo…


Una mañana de invierno una de las azafatas del avión que hacía cualquier ruta de vuelo se dirigía por el pasillo del avión hacia la cabina de mando después de atender a los pasajeros. Entonces se acercó a uno de los pilotos y le informó de que la cabina de descanso estaba libre. Entonces el hombre se levantó y se marchó a dormir un rato. Cuando el piloto entró en la pequeña cabina estaba totalmente oscura, pero al apoyar una mano en una de las literas notó un bulto. Había alguien durmiendo, pero la azafata le había comunicado que la pequeña cabina estaba vacía. Alumbró con una linterna de bolsillo hacia la cama y observó con sorpresa que había una niña de unos cinco años tumbada en la litera . La arropó con la manta y sin hacer mucho ruido salió de la habitación y cerró la puerta.


Al momento fue a buscar a la azafata y le contó lo que había sucedido. Ésta, le dijo que era imposible porque no iban niños en ese vuelo. El piloto no se lo podía creer, el había tocado con sus propias manos el cuerpo de la pequeña.¡¡ Incluso notó su respiración mientras dormía!!


Entonces la azafata con cara de preocupación le dijo – ¿Ve usted esa pareja de allí al fondo? ¿ La ve?- repetía, dirigiéndose con la cabeza hacia una joven pareja con los rostros pálidos y demacrados.

Sí, sí, por supuesto que los veo… afirmó el piloto.


¿ Pero qué tienen que ver ellos en la historia? Preguntó con cara de intriga


Se dirigen al entierro de su hija, ella va abajo en un ataúd, junto con el resto de mercancías…contestó ella.


El piloto se quedó pálido al escuchar la noticia y salió corriendo a la cabina donde vio a la niña. Allí no había nadie. Se acercó al baño a refrescarse la cara y al mirarse al espejo se dio cuenta de que había escrito algo con un pequeño dedo, decía:


Gracias por arroparme…

viernes, 6 de diciembre de 2013

La Bodega del Castillo










Una pareja consigue la concesión de un viejo castillo para que lo transformen en un hotel de lujo. Visitando sus dependencias descubren una bodega en la que hay varios barriles de licor. Al probar su sabor quedan fascinados…





Tras varios meses de papeleos y trámites interminables, una pareja consiguió que se les adjudicara un pequeño castillo en una zona rural. Debían habilitarlo como parador turístico y por supuesto serían los encargados de su mantenimiento.


Era un negocio redondo porque el anterior dueño había fallecido hacia menos de un año y el castillo se encontraba en un excelente estado de conservación teniendo en cuenta que llevaba varios siglos en pie. Transformarlo en un hotel de lujo sería pan comido y el banco, tras evaluar los riesgos de la inversión, no dudó en concederles un crédito e incluso en insinuar algún tipo de asociación. Pero ellos se negaron, habían conseguido la concesión tras mucho esfuerzo, y por qué no decirlo, sobornando a un par de funcionarios a los que parecía que el sueldo no les llegaba a fin de mes.


Con la misma ilusión que un niño que abre sus regalos de navidad la pareja iba visitando todas las habitaciones, los salones y el subterráneo del castillo, un sistema canalizado bajo tierra que parecía incluso más grande que la parte visible. Tenían incluso una sala de torturas, un verdadero imán turístico que, si habilitaban de nuevo, podría servir como museo. Pero lo que más les llamó la atención era una enorme bodega llena de barriles de licor. Probablemente el vino, whisky y otras bebidas estuvieran dañadas por el paso de los años, pero la curiosidad les pudo y decidieron probarlos uno por uno. Para su sorpresa no solamente estaban en condiciones de ser bebidos sino que además parecía que los años habían mejorado su sabor: estaban deliciosos, y ellos lo aprovecharon celebrando su primera noche en el castillo con una gran borrachera.


Menos de un par de meses después el castillo inauguró sus puertas transformándose en uno de losparadores nacionales con más tradición de la zona. La gente venía de la capital a pasar un fin de semana y a sentirse como un señor feudal rodeado de lujo. Incluso la gente del pueblo solía visitarlo para beber el exquisito vino que allí servían. La fama del licor fue tal que incluso expertos en vino viajaban cientos de kilómetros para probar el delicioso elixir.


Muchas fueron las ofertar que recibieron por los barriles que tenían en sus bodegas pero ellos sabían que parte del éxito de su negocio era la fama que les otorgaba el ofrecer el mejor vino de mesa en toda la región.


Pasó el tiempo y uno de los barriles se vació, por lo que decidieron moverlo para llenarlo de nuevo y esperar unos cuantos años antes de servirlo otra vez. Pero al tratar de desplazarlo se dieron cuenta de que seguía pesando demasiado, sin duda el tamaño del colosal barril de roble no era un peso fácil de manejar, pero éste era incluso demasiado pesado, de modo que optaron por abrirlo en la misma bodega. Lo que encontraron en su interior les dejó helados…


Dentro del barril, encorvado y en posición fetal se encontraba un cadáver de pequeño tamaño…


¡¡¡Era un niño!!!


Su cuerpo se había disuelto casi totalmente por el efecto del alcohol y era poco más que huesos, uñas y pelo. Pero el cuerpo era claramente el de un niño de no más de siete años.


Ahora todo cobraba sentido, el excelente estado de la sala de torturas, la curiosa manía del anterior propietario por no relacionarse con el resto del pueblo, las desapariciones de niños que durante años habían ocurrido en la zona.


Al llegar la Policía se descubrió lo que más temían: dentro de los otros barriles estaban los cuerpos de otros pequeños y pequeñas que no debían tener más de diez años.


Sin saberlo habían estado bebiendo un licor que contenía la esencia de los pequeños que se descomponían en el interior de cada uno de los barriles.


NOTA: Aunque parezca increíble en muchos países se usan los cadáveres de animales para dar sabor al licor, el caso más conocido es el del gusano del tequila pero existen otros más extremos como en los licores que se sirven en Vietnam, en su interior pueden encontrarse animales como escorpiones, lagartos e incluso cobras. Aquí os dejo una inquietante galería fotográfica: Licores de Vietnam

Los Gemelos Traviesos







Dos hermanos gemelos conocidos en su pueblo por sus travesuras se cuelan en la casa de un viejo que acaba de fallecer para poder ver un cadáver de cerca. Cuando se encuentran jugueteando y burlándose del cuerpo llegan…


Pedrito y Juanito eran inseparables, no en vano eran hermanos gemelos y estaban entre los pocos niños de su edad que quedaban en el pueblo. Hacia años que la gente había empezado a migrar a la ciudad y los pocos jóvenes que permanecían en el pueblo lo hacían más por apego a sus mayores que por un deseo real de quedarse. Los padres de Pedro y Juan no eran la excepción, más de una vez se habían planteado hacerlas maletas y arriesgarse a empezar una nueva vida en la ciudad, alejados de la monotonía del campo y el pesado trabajo de arar y sembrar los cultivos. Pero la idea de que sus hijos se criaran entre coches, humo y los peligros propios de las grandes urbes les frenaban. Aunque claro, eso también tenía su contra, los niños prácticamente estaban solos y no tenían muchos amigos con los que jugar.


Los gemelos eran conocidos en todo el pueblo por sus travesuras, es normal a esa edad que los niños sean inquietos y más cuando se aburren por no tener amigos con los que correr y jugar, pero los pequeños no paraban con sus pillerías y muchos ancianos del pueblo ya estaban hartos de ellos. Incluso, más de uno le había dado una bofetada a alguno de los gemelos o había ido con el cuento a sus padres o al cura, quienes a su vez ya les habían pegado más de un tirón de orejas. Su curiosidad no tenía límites y aprovechaban cualquier despiste para colarse en la casa de un vecino o espiar por una ventana.


Como en todos los pueblos, en el que residían los niños había un viejo huraño, uno de esos abuelos cascarrabias y con mal carácter al que pocos echan de menos cuando muere. Ese era el caso de don Vicente, que cuando falleció a los 75 años de edad no dejó mas que una sensación de alivio entre sus vecinos. Ya había protagonizado alguna pelea por sus terrenos con familiares y propietarios de las zonas colindantes, así que la noticia de su muerte no tuvo demasiado impacto en el pueblo. Aunque por supuesto llegó a oídos de los gemelos, que no dudaron ni un segundo que tenían que ir a investigar.


Nunca habían visto un muerto y su curiosidad fue tan grande que decidieron colarse en la casa de don Vicente cuando todo el mundo había salido del velatorio. Lo de “todo el mundo” es más un decir que lo que pasó realmente, porque salvo un par de plañideras aficionadas a llorar sin motivo aparente en cada funeralque se celebraba en el pueblo (incluso cuando casi no conocían al fallecido), prácticamente no fue nadie a presentarle sus respetos a don Vicente. Tal era el abandono del cadáver del anciano que incluso faltando pocas horas para su funeral ni siquiera le habían metido dentro de su ataúd y aún descansaba sobre una mesa en mitad del salón de su casa.


Pedrito y Juanito encontraron la casa vacía y las condiciones idóneas para saciar su curiosidad y ver al muerto sin que nadie les moleste. Con una total falta de respeto lo manosearon, le intentaron abrir los ojos y la boca, le movieron los brazos como si fuera una marioneta y le imitaron mientras se reían de él, pero un ruido en la finca les alertó.


Corrieron hacia la salida, pero ya era demasiado tarde y, sin saber dónde ocultarse, se metieron en un pequeño armario que estaba tirado en mitad del suelo del recibidor.


La voz de dos hombres que reconocieron como el cura y un viejo herrero, con el que habían tenido problemas en el pasado, sonó acercándose al armario.


-¿Quién ha dejado esto aquí tirado? No se puede ni pasar al salón, ya me contarás cómo va a pasar la gente a presentar sus respetos a don Vicente- Dijo el cura

-Tampoco creo que fuera a venir nadie, don Vicente se ha labrado a pulso una reputación de maleducado durante años y no creo que le llore nadie en este pueblo.

-No hables así, el hombre ya está esperando el juicio de Dios que es el único que tiene el poder de juzgar sus actos- aseveró el cura.


Ambos trataron de levantar el atáud (los niños, mientras los hombres hablaban, se habían escondido dentro por miedo) y se dieron cuenta de que ya estaba lleno.


-¡Ves! aún quedan buenos samaritanos en el pueblo, alguien nos ha facilitado el trabajo y ha metido a don Vicente en su caja. Llevésmoslo a su descanso eterno.-dijo el cura.


Los niños escuchaban toda la conversación desde el interior del féretro, pero era tanto el miedo que tenían al cura y al herrero que no quisieron revelar que en realidad eran ellos los que estaban dentro y quisieron esperar el momento adecuado para escapar.


Nadie acudió al funeral de don Vicente, por lo que el cura, cansado de cargar con la caja y el supuesto muerto, decidió realizar una versión rápida de la misa y en cinco minutos ya había despachado la situación. Los niños, víctimas del calor y el aburrimiento, empezaban a sentirse muy cansados y casi sin darse cuenta se quedaron dormidos. No pasaron más de cuarenta minutos cuando un ruido en la tapa del ataúd les despertó. Paletadas de tierra caían sobre la caja que ya había sido sellada y ni las patadas ni los gritos de los gemelos parecieron alertar al anciano enterrador que era conocido en el pueblo por su sordera. Los niños quedaron enterrados vivos y nadie parecía haberse dado cuenta…


Los padres de Pedrito y Juanito se sorprendieron cuando estos no llegaron a la hora de la merienda, pero imaginaron que estarían demasido entretenidos jugando o que algún vecino del pueblo les había invitado a comer algo. Lo que ya les alarmó fue que anocheció y llegó la hora de la cena y no aparecían por ninguna parte. Entonces comenzaron a buscarles y preguntaron a todo el que se encontraban por las calles, pero nadie parecía haberles visto en todo el día. Asustados llamaron a la Guardia Civil y una pareja de agentes se acercó a coordinar las labores de búsqueda. La madre recordó la muerte de don Vicente y tuvo la intuición de que los niños probablemente fueran a curiosear, pero allí no encontraron más que el cadáver del anciano sobre la mesa del salón, los vecinos se alarmaron cuando encontraron al muerto aún sin enterrar y rápidamente llamaron al cura.


-¿Cómo que no está enterrado? Yo mismo le llevé al cementerio y tuve que darle una misa a la que ninguno de vosotros fue.

-Eso es imposible, padre, don Vicente aún descansa sobre la mesa de su casa.

-Pero el ataúd estaba lleno cuando lo enterramos, si no fue a él ¿A quién hemos sepultado?


La cara de miedo de la madre se reflejó al instante y, conociendo como conocía a sus hijos, intuyó que ellos eran capaces de haberse metido dentro del ataúd en una de sus travesuras.


Por más prisa que se daban en desenterrar el ataúd, el tiempo parecía eterno para los habitantes del pueblo. Era tradición allí enterrar lo más profundo que era posible los féretros, de esta forma se podían sepultar en una tumba a varios familiares y se evitaban olores que se podían convertir en insoportables al visitar el cementerio en los meses más calurosos. Por este motivo llevó varios minutos remover suficiente tierra como para poder abrir el ataúd.


Lo que encontraron allí dentro fue un espectáculo escalofriante. Los niños habían muerto asfixiados, pero no sin antes luchar por sus vidas intentando escapar. Se habían destrozado las uñas de las manos arañando la madera y sus pequeños cuerpecitos estaba cubiertos de sangre. En plena desesperación habían tratado de romper la caja a golpes y se habían lastimado entre ellos y, probablemente fruto de la misma desesperación, habían acabado peleándose como animales acorralados, de modo que podían verse marcas de mordiscos y arañazos en los cadáveres de los gemelos.