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viernes, 7 de febrero de 2014

La Madre Descuidada




Una de las leyendas urbanas más espeluznantes que circulan desde hace años es la de una madre que accidentalmente acaba con la vida de sus tres hijos en el mismo día. Una leyenda no apta para corazones sensibles…

Natalia era una madre feliz, trataba a sus tres pequeños con gran ternura y comprensión aunque más de una vez la pudieran sacar de sus casillas. Los dos primeros de sus retoños vinieron casi seguidos 6 y 7 años y la tercera, una preciosa niñita de siete meses, que aunque inesperada, fue recibida con el mayor cariño y amor que una familia le puede entregar.

El único “pero” que le podía poner Natalia a su abundante familia era que su marido casi no pisaba su casa. Su aburrido trabajo como contable les daba una cómoda posición social pero le mantenía ocupado todo el día, e incluso cuando estaba en casa siempre estaba rodeado de papeles del trabajo. Por lo que Natalia tenía que ocuparse de sus hijos sin ninguna ayuda y en algunos momentos eso podía ser extenuante.

La noche anterior al fatídico día la más pequeñita de la casa había decidido celebrar un concierto nocturno y Natalia casi no pudo pegar ojo. Agotada y casi arrastrándose llegó a la cama a las cuatro de la mañana tras dejar a la niña en la cuna.

Cuando se empezó a quedar dormida escuchó el grito de su segundo hijo en la habitación contigua, de un salto se levantó y fue corriendo a la habitación que compartían sus dos hijos mayores y se encontró a Mario (el mediano en edad) visiblemente asustado y llorando sobre su cama. Parece que había tenido unapesadilla y del susto se había hecho pis encima, algo que por desgracia se había vuelto muy habitual desde que nació sus hermanita. El niño se había convertido en un príncipe destronado y su comportamiento dejaba mucho que desear y era capaz de cualquier cosa con tal de llamar la atención. Natalia agotada y sin pensarlo mucho, comenzó a regañar a Mario delante de su hermano Julián.

- ¡Como te vuelvas a hacer pis en la cama te voy a cortar el pipi!, ¡Ni siquiera tu hermanita me da tanto trabajo como tú!

El niño lloraba desconsoladamente mientras su madre cambiaba las sábanas y le daba la vuelta al colchón. Casi sin darse cuenta eran ya las cinco de la mañana y Natalia aún no había podido pegar ojo. El biberón de las seis de la mañana y preparar el desayuno a su marido e hijos hizo el resto. No pudo dormir en toda la noche.

Lo peor de todo es que los niños pasarían todo el día en casa, ya que estaban de puente. Una festividad que parece que no respetaban en la empresa de su marido, él cual fue a trabajar como cualquier otro día dejándola al cuidado de los pequeños durante todo el dia.

A media tarde y aprovechando que Mario, agotado por la noche anterior, se había quedado dormido en su habitación. Comenzó a bañar a la pequeña Clara. Era el momento ideal pues Mario estaba insufrible y si no le vigilaba a cada paso era capaz de incendiar la casa con tal de llamar la atención. Esa pequeña siesta le daría un respiro y la permitiría bañar al bebé un poco antes del horario habitual. Con un poco de suerte hoy podría mandarlos a dormir un poco antes y descansar.

Cuando ya sólo le quedaba lavar la cabecita a la pequeña Clara un grito desgarrador se escuchó en el pasillo. Era sin duda Mario que seguro que había vuelto a hacer otra de las suyas. Gritando y sin soltar a Clara preguntó:

- ¡¿Qué pasa?! ¡¿Mario estás bien?! ¡Julián! ¡¿Qué le pasa a tu hermano?!

Estaba a punto de envolver en una toalla a la bebé, que aún continuaba enjabonada en la bañera cuando Julián entró por la puerta y lo que vio la dejó sin habla.

- Mamá, Mario se ha vuelto a hacer pis en la cama así que le he cortado el pipi como dijiste.

El mayor de sus hijos tenía el pene ensangrentado de su hermano en una mano y unas tijeras manchadas de sangre en la otra.

Natalia pálida por lo que acababa de suceder se levantó de un salto olvidándose que estaba bañando a la pequeña y salió corriendo hacia Julián que, al ver la furia de su madre en los ojos, escapó a toda velocidad buscando un sitio para esconderse.

Aturdida, conmocionada y agotada por la noche en vela Natalia no sabía como actuar cuando llegó a la habitación de los niños y vio a Mario sobre la cama desangrándose. Tras abrazar fuertemente a Mario le cargó en brazos y bajó las escaleras camino al coche, su única opción era llevarle al hospital inmediatamente. Cada grito de dolor del niño bajaba en intensidad, la pérdida de sangre le estaba debilitando y sabía que tenía pocos minutos antes de que muriera desangrado.

Arrancó el coche y pegó un acelerón saliendo el vehículo impulsado como si diera un salto al pisar un fuerte bache y sonó una fuerte explosión. El salto pareció sacar a Natalia de su estado de shock y de repente recordó que la pequeña Clara seguía aún dentro de la bañera. En ese momento se dió cuenta de la mortal imprudencia que acababa de cometer y bajó del coche sin mirar atrás para buscar a su hija.

Por desgracia cuando llegó era demasiado tarde, la bebita de apenas siete meses no tenía la fuerza suficiente para aguantar tanto tiempo sentada sin perder el equilibrio y yacía inerte boca abajo en el agua. Los intentos de reanimar a la niña fueron inútiles y Natalia, gritando desesperada, bajó nuevamente las escaleras de su casa con su bebé en brazos camino del vehículo que la llevaría al hospital.

Pero aún le quedaba una última y macabra sorpresa, al acercarse al vehículo todo terreno que conducía, se dió cuenta de que había un brutal charco de sangre en el suelo, al principio pensó que sería la sangre de Mario, pero al acercarse pudo constatar que bajo el coche estaba el cuerpo inerte de Julián, que al parecer se había escondido bajo el todoterreno para evitar que su madre le pegase. Con tan mala fortuna que al arrancar ésta a toda velocidad una de las ruedas le aplastó el cráneo, reventándolo y desparramando sus sesos por todo el suelo y causando la terrible explosión que Natalia había escuchado un par de minutos antes.

Natalia cayó al sueño de rodillas, su cara no reflejaba ninguna expresión. Solamente se mantuvo en esaposición durante unos minutos hasta que sin mediar palabra se levantó, abrió la puerta de su coche y cargó nuevamente el cuerpo ya inerte de Mario junto al de su hermanita. Entró nuevamente en su casa.

Un minuto después bajó de nuevo, cargó el cadáver de Julián y volvió a entrar en la casa cerrando la puerta tras de si.

Por la noche, cuando el marido de Natalia llegó a su casa que estaba a quince minutos de la ciudad, se encontró el todoterreno con la puerta abierta y a medio camino del garaje, lo que le impedía aparcar suvehículo. Se acercó al coche de su mujer y se manchó el zapato con lo que parecía una viscosa mancha de aceite, cerró su puerta y se dirigió a casa en la que todas las luces estaban apagadas.

Al entrar gritó:

- ¡Natalia! ¿Dónde estáis? ¿Por qué tienes el coche en mitad del garaje?

Al dar la luz se dio cuenta de que había un reguero de sangre seca en el suelo que subía las escaleras y dirigía a la planta superior. Asustado corrió tanto como pudo para quedar totalmente impactado cuando al entrar en el baño.

Sus tres hijos flotaban sobre el cadáver de su madre que los había reunido en la bañera justo antes de cortarse las venas.

Causar la muerte de sus tres hijos fue mucho más de lo que pudo soportar.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

La Llorona










La Llorona es un alma en pena que pasa la noche vagando por las calles, su escalofriante lamentoatemorizó durante siglos a todo aquel que lo escuchaba y generó una de las leyendas urbanas más conocidas de Mexico…





Consumada la conquista y poco más o menos a mediados del siglo XVI, los vecinos de la ciudad de Méxicose recogían en sus casas con el toque de queda, avisado por las campanas de la primera Catedral; a media noche y principalmente cuando había luna, despertaban espantados al oír en la calle, tristes y prolongadisimos gemidos, lanzados por una mujer a quien afligía, sin duda, honda pena moral o tremendo dolor físico.


Las primeras noches, los vecinos se resignaban a santiguarse por el temor que les causaban aquellos lúgubres gemidos, que según ellos, petenecían un ánima del otro mundo; pero fueron tantos y tan repetidos y se prolongaron por tanto tiempo, que algunos osados quisieron cerciorarse con sus propios ojos qué era aquello; y primero desde las puertas entornadas, de las ventanas o balcones, y enseguida atreviéndose a salir a las calles, lograron ver a la que, en el silencio de las oscuras noches o en aquellas en que la luz pálida de la luna caía como un manto vaporoso lanzaba agudos y agónicos gemidos.


Vestía la mujer un traje blanco y un espeso velo cubría su rostro. Con lentos y callados pasos recorría muchas calles de la ciudad, cada noche tomaba distintas calles, pero siempre pasaba por la Plaza Mayor (hoy conocida como el Zocalo de la Capital), donde se detenía e hincada de rodillas, daba el último angustioso y languidísimo lamento en dirección al Oriente; después continuaba con el paso lento y pausado hacia el mismo rumbo y al llegar a orillas del lago, que en ese tiempo penetraba dentro de algunos barrios, como una sombra se desvanecía entre sus aguas.


“La hora avanzada de la noche, – dice el Dr. José María Marroquí- el silencio y la soledad de las calles y plazas, el traje, el aire, el pausado andar de aquella mujer misteriosa y, sobre todo, lo penetrante, agudo y prolongado de su gemido, que daba siempre cayendo en tierra de rodillas, formaba un conjunto que aterrorizaba a cuantos la veían y oían, y no pocos de los conquistadores valerosos y esforzados, quedaban en presencia de aquella mujer, mudos, pálidos y fríos, como de mármol. Los más animosos apenas se atrevían a seguirla a larga distancia, aprovechando la claridad de la luna, sin lograr otra cosa que verla desaparecer llegando al lago, como si se sumergiera entre las aguas, y no pudiéndose averiguar más de ella, e ignorándose quién era, de dónde venía y a dónde iba, se le dio el nombre de La Llorona.”


El Origen de la Llorona


El antecedente mas conocido de la leyenda de la llorona tiene sus raices en la mitologia Azteca. Una versión sostiene que es la diosa azteca Chihuacóatl, protectora de la raza. Cuentan que antes de la conquista española, una figura femenina vestida de blanco comenzó a aparecer regularmente sobre las aguas del lago de Texcoco y a vagar por las colinas aterrorizando a los habitantes del gran Tenochtitlán.


“Ay, mis hijos, ¿dónde los llevaré para que escapen tan funesto destino?”, se lamentaba.


Un grupo de sacerdotes decidió consultar viejos augurios. Los antiguos advirtieron que la diosa Chihuacóalt aparecería para anunciar la caída del imperio azteca a manos de hombres procedentes de Oriente. La aparición constituía el sexto presagio del fin de la civilización.


Con la llegada de los españoles al Continente Americano, y una vez consumada la conquista de Tenochtitlan, sede del Imperio Azteca, años mas tarde y después de que murio Doña Marina, mejor conocida como la “Malinche” (joven azteca que se convirtió en amante del conquistador español Hernán Cortés), se decía que esta era la llorona, la que venía a penar del otro mundo por haber traicionado a los indios de su raza, ayudando a los extranjeros para que los sometieran.


Las “Otras” Lloronas


Esta leyenda se extendio a otros lugares del Pais, manifestandose de diversas maneras. En algunos pueblos se decía que la llorona era una joven enamorada que habia muerto en vísperas de la boda y traía al novio la corona de rosas blancas que nunca utilizó.


En otras partes, se creía que era una madre que venía a llorarle a sus hijos huerfanos.


Algunos afirman que es una mujer que ahogó a uno de sus hijos y por la noche lo busca a lo largo de los riachuelos o quebradas, exhalando prolongados lamentos.


Otra descripción de la llorona es la siguiente:

Mujer de figura desagradable, alta y desmelenada, de vestido largo y rostro cadavérico. Con sus largos brazos sostiene a un niño muerto. Pasa la noche llorando, sembrando con sus sollozos lastimeros, el terror en los campos, aldeas, y aún en las ciudades.


Se hace referencia a este personaje acorde con la tradición oral, donde se le define como una madre soltera que decidió no tener a su hijo y por eso aborta, acarreándole esto el castigo de escuchar permanentemente el llanto de su niño. Este castigo la desesperó y la obligó a deambular por el mundo sin encontrar sosiego, llorando, gimiendo e indagando por el paradero de su malogrado hijo.

lunes, 9 de diciembre de 2013

El Último Regalo de Mamá



Un chico recibe en su casa la visita de un cura que dice haber sido llamado para administrar los santos sacramentos a una persona a punto de morir. El joven, que vive solo, está a punto de echar al cura cuando éste ve algo…

Circula en Estados Unidos, a modo de leyenda, la siguiente historia:

Después de dar la misa, un sacerdote católico se encaminó hacia un apartamento ubicado en un viejo edificio del centro de la ciudad. Medianamente alto, con la pintura descascarada y las verjas de las ventanascarcomidas por el óxido. El edificio ubicado en un barrio marginal, muy conocido por ser hogar de traficantes, prostitutas y drogadictos, era todo lo opuesto a un lugar alegre y acogedor, sobre todo bajo un cielo gris como el que en aquel momento lo cubría.

Tras tocar repetidas veces el timbre, el sacerdote pudo escuchar la proximidad de unos pasos y entonces la puerta se abrió: era un joven desaliñado y ojeroso, con cabello abundante, sucio y desordenado. Su expresión no era precisamente afable: en ella se revelaba la actitud de quien está fastidiado y cansado de la vida, de quien guarda una añeja amargura y un desencanto generalizado hacia todas las cosas. Y el vicio, aquel joven parecía haber envejecido interiormente a causa de diversos vicios: alcohol, drogas, mujeres … Además tenía cara de haberse acabado de despertar por los sonidos del timbre y, pese a parecer asombrado por la visita del cura, no se veía de ningún modo complacido en tal visita…


— ¿Qué quiere? —preguntó el joven con sequedad


— Me han llamado para administrarle los últimos sacramentos a un moribundo.


— Creo que le han tomado el pelo. Aquí sólo vivo yo


El padre dudó por un momento, bajó la cabeza de forma pensativa y preocupada y luego, justo cuando volvía a alzar la mirada para disculparse con el joven e irse, vio algo en el oscuro pasillo que lo asombró e instantáneamente le hizo convencerse de que no había ninguna broma de por medio y que simplemente el joven era un inconsciente sin deseos de ayudar.


— No, joven, aquí no hay ninguna broma. Quizá usted no entiende la importancia del asunto o tiene cierta antipatía por la Iglesia y los sacerdotes. Igualmente, lo único que le pido es que tenga consideración hacia la mujer amorosa y cristiana que por la mañana me suplicó que viniese acá. Tengo que cumplir lo antes posible con mi misión. Con su permiso.


Tras decir eso, el sacerdote apartó al joven de forma suave pero firme y determinada. Una vez dentro, vio en la mesita del recibidor un retrato junto al cual yacía un ramo de flores secas y marchitas. En el retrato se veía a una mujer mayor con ropa negra de luto, un gran crucifijo en el cuello y un rostro cuya mirada y expresión delataban bondad pero también un profundo envejecimiento ocasionado mucho más por el sufrimiento que por el paso de los años: era la mujer que había solicitado la visita del sacerdote.


— ¿Ve el retrato de la mesita? Esa es la mujer que me pidió venir.


— P… ¡pero qué dice! ¡Eso es imposible! ¡Ella es mi madre y está muerta hace años!


Al joven lo sacudió un escalofrío. Gotas de frío sudor empañaban su frente y su brazo derecho temblaba ligeramente mientras sostenía el retrato de la mujer frente a su rostro nervioso y sufrido. Pero el sacerdoteparecía tranquilo, inmutable, como si algo en la conversación que tuvo con la mujer del retrato le hubiese hecho intuir que aquella no era una conversación normal, que algo misterioso había allí. Sereno, miró al joven y le dijo:


— Hijo, quizá esto sea una especie de aviso de que debes guiar tu vida al sendero de la rectitud, tu madre está velando por ti y sufriendo desde el cielo por tus faltas.


Al oír eso el joven puso cara de no entender; mas, pasado un momento, en sus ojos surgió un destello de comprensión súbita, angustia y temor. Él lo sabía, sabía que el cura no mentía y que su madre le había hablado. Pero su madre estaba muerta: él era quien habría de morir, y muy pronto… Su madre aún cuidaba de él y no quería que muriese con una lista tan larga de pecados sin perdonar. ¡Debía confesarse y recibir la comunión, debía arrepentirse para ser perdonado y no caer en la oscuridad eterna del Infierno!


Por un momento el joven lloró conmovido por el amor de su madre y el impacto que representaba saber que sí existía aquel mundo espiritual del que tanto había dudado y al que tanto había despreciado. No había pisado una iglesia desde niño, pero lo que estaba viviendo le convenció de que era tiempo de cambiar y reconciliarse con Dios aunque fuera en sus últimos momentos…


Tras varias horas dialogando con el sacerdote sobre su vida, su madre y como ella enfermó de tristeza cuando él se metió en las drogas. Un sufrimiento que la llevó a morir sola y repudiada por su único hijo que estaba más preocupado por lograr su dosis diaria que por atender a una pobre anciana que se desvivía por ayudarle. El chico profundamente arrepentido y desecho en lágrimas se confesó al párroco quien le absolvió de sus pecados y le dio la comunión. Al irse el cura, el joven regresó a su soledad con una mezcla de alegría por haber sido liberado y temor.


Falleció esa misma noche mientras dormía, de forma repentina e inexplicable. Dicen que fue un paro cardíaco, pero es sabido que los médicos suelen diagnosticar eso cuando no saben a ciencia cierta qué pasó. En todo caso, lo importante es que el joven murió en paz y totalmente limpio de cualquier droga y pecado. En su velatorio, quienes lo conocían se sorprendieron porque el joven, mientras vivió, jamás mostró una sonrisa tan dulce y serena como la que, antes de partir, dejó grabada en su rostro.

NOTA: Esto es lo que se podría denominar una leyenda evangelizadora, realmente no podría catalogarse como “urbana” debido a que es probable que fuera inventada en algún foro cristiano o como parábola moderna del amor infinito de las madres, que incluso desde la otra vida son capaces de velar por sus hijos. En todo caso su difusión y transcendencia fue tal que incluso en un periódico estadounidense fue publicada como si fuera cierta.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Dile a mis Padres







Una chica se escapa de casa desobedeciendo a sus padres para ir a la fiesta de una amiga. Fuerade casa la espera su novio, quien ya está bastante borracho, él la llevará hasta la fiesta aunque conduciendo a toda velocidad…


Sandra siempre había sido una adolescente conflictiva, sus notas empeoraban cada vez más, discutía continuamente con sus padres y desobedecía sus instrucciones cada vez que se daban la vuelta. Sus progenitores estaban desesperados, no querían que la chica perdiera el curso y las habladurías sobre lo “fácil” que era con los chicos ya habían llegado a sus oídos. A sus ojos ella seguía siendo la misma niña a la que tenían que cambiar los pañales y vieron dar sus primeros pasos con un año de edad.


Pero lo cierto es que Sandra ya se consideraba a sí misma una mujer, con dieciséis años se creía lo suficientemente madura como para tomar sus propias decisiones y molestar a sus padres se había convertido en el más divertido de sus pasatiempos. Cuando salía de fiesta llegaba siempre un par de horas después del “toque de queda”, tenía cada vez peores compañías y el desfile de novios parecía no terminar nunca.


Pero el detonante definitivo fue cuando sus padres encontraron una prueba de embarazo en su cuarto de baño. Malo era que “la niña” se hubiese hecho mujer, pero más preocupante era que además lo hiciera sin protección. Los padres estaban destrozados, amaban tanto a su única hija que sin saberlo la habían consentido demasiado y se había convertido en una arpía, en una manipuladora a la que ni sus propias compañeras de instituto soportaban. Era la típica niña mimada que hacía siempre lo que quería y cuando quería. Por el contrario sus padres eran excelentes personas, queridos y respetados por todos sus conocidos, aunque se habían volcado en atenciones a una hija que nunca les devolvió el amor que la profesaban.


Pero todo había llegado demasiado lejos, debían escarmentarla y controlar su comportamiento. Castigarla sin salir hasta que acabara el curso les pareció la única opción, incluso estaban barajando la opción de enviarla a un nuevo centro el año que viene. Uno que era conocido por lo estricto de sus profesores y los excelentes resultados para “domar” a fierecillas como Sandra.


La adolescente por supuesto no estaba dispuesta a respetar el castigo y mucho menos esa noche, así que fingió un dolor de cabeza para irse temprano a dormir, algo realmente impensable en ella. Cerró la puerta, apagó la luz y escondió bajo las sábanas unos almohadones para dar el aspecto de que había alguien durmiendo. No era la primera vez que lo hacía y descender por el tejado que había junto a su ventana le resultó una tarea fácil.


El novio la esperaba un par de calles más allá con un potente todoterreno que seguramente pertenecía a sus padres. Nada más subir le plantó un beso con lengua y le ofreció un trago de tequila con una botella que ya estaba casi por la mitad. Entre risas y con la música a todo volumen salieron hacia la fiesta de Alicia, una chica que había repetido varios cursos e incluso había sido detenida por la Policía en dos ocasiones, probablemente la joven más peligrosa y temida del instituto.


Sandra llevaba semanas hablando de esa fiesta ya que Alicia había prometido que con su mayoría de edad compraría todo el alcohol que pudiera y montaría la fiesta más salvaje que jamás pudieran recordar.


Al llegar allí se encontraron exactamente con lo que Sandra se había imaginado, la gente bailaba junto a la piscina medio desnuda, pocos habían sido avisados para que llevaran un traje de baño por lo que la mayoría estaban en ropa interior. En la zona de la barra decenas de botellas coronaban unos juegos en los que se retaba a la gente a beber por un embudo, o se organizaban torneos de chupitos. Se veían grupos de jóvenes besándose y metiéndose mano en cada rincón, y luces que se apagaban en las habitaciones de arriba.


Sandra estaba feliz y no tardó en integrarse a la perfección en la fiesta, su novio por su parte se dirigió como un misil a la zona de las bebidas, agarró una botella en cada mano y se fue a la piscina donde se puso a flirtear con una rubia que parecía seguirle el juego.


A Sandra le cambió la cara cuando vio la escena, como una tigresa se acercó a su pareja y le dio un apasionado beso para disuadir a la otra chica. Pero el chico le dijo:


“Esta es mi vecina, la pobre no tiene como regresar a casa y con la ropa mojada no puede llamar a un taxi, voy a acercarla un momento a casa y regreso a la fiesta en unos minutos”


Sandra, que no era tonta, no estaba dispuesta a dejar que “su chico” se fuera con una cualquiera. A pesar de que quería continuar en la fiesta dijo que los acompañaría. La cara del novio era un poema, obviamente su intención era irse con la rubia a algún lugar apartado. Pero Sandra no le iba a dejar tranquilo. Así que a regañadientes montó con las dos chicas en el coche y, enfadado como iba, bebía trago tras trago de una de las botellas que se había llevado de la fiesta. Sandra, que conocía bien al chico, sabía que ya había bebido demasiado pero tenía una cara de furia que le indicaba que era mejor no recriminarle nada.


Diez minutos después y con el vehículo haciendo eses por la evidente borrachera del chico llegaron a su destino. La chica rubia se bajó del coche y guiñando un ojo le dijo:


“Gracias, vecino, otro día nos vemos por el barrio”.


Sandra sabía que el chico no vivía por la zona, por lo que no tardó ni un minuto en enfrentarse a su novio gritando y empujándole mientras conducía de vuelta a la fiesta. Él, realmente borracho y enfadado, conducía a toda velocidad mientras forcejeaba con ella.


De repente se encontraron con una fuerte luz de frente… El impacto fue brutal.


Sandra, que no llevaba el cinturón puesto, fue la única que no murió en el acto. Salió despedida del todoterreno y se golpeó fuertemente contra el techo del otro coche y después contra un árbol. Su cuerpo quedó tendido junto a la carretera mientras los dos vehículos se habían convertido en un amasijo de hierro y trozos de carne destrozada, carne que pertenecía a su novio y a una pareja que viajaba en el otro coche, una pareja que no había tenido culpa de nada y que se había encontrado con el vehículo de un borracho mientras avanzaba correctamente por su carril.


La Policía y un equipo de urgencias llegó al lugar a los pocos minutos, Sandra aún estaba con vida aunque el golpe había sido mortal. Con su último aliento y tosiendo sangre por la boca le dijo al médico que la atendió que le dijera a sus padres las siguientes palabras:


“Dígale a mis padres que todo ha sido culpa mía, que debí hacerles caso y que los quiero”


El doctor, que había atendido escasos segundos antes a los otros accidentados, corroborando su muerte, observó impotente cómo la chica se apagaba.


El golpe había sido tremendo y la cortina de humo que había levantado fue tal que la gente que había en la fiesta de Alicia se acercó a ver qué había pasado a dos calles del lugar. Una de las amigas de la infancia de Sandra la reconoció antes de que la cubrieran con una manta.


-¡Doctor, doctor, ella es mi amiga! ¿Qué ha pasado? ¿Qué le ha dicho?

-Siento mucho comunicarle que su amiga ha fallecido por el accidente, trató de decirme algo pero no pude entenderla.


Un enfermero que acompañaba al médico se sintió intrigado al ver que no le había explicado las últimas palabras de la chica.


-¿Por qué no le dijo el mensaje que le ha dejado a sus padres?


El doctor apesadumbrado le contestó:


-No sabía qué decirle, la pareja que ha muerto en el otro coche… Eran sus padres.


Al parecer los padres habían descubierto el engaño de su hija y habían ido a buscarla a la fiesta de la que llevaba hablando semanas. Al llegar allí y no encontrarla decidieron volver a casa para ver si había regresado. Con la mala fortuna de que en el camino se chocaron de frente contra el todoterreno en el que iba su hija.

Caramelos Envenenados






Probablemente la leyenda urbana más popular en Halloween es la de un asesino que oculto bajo un disfraz aprovecha para regalar caramelos envenenados y manzanas con agujas y cuchillas en su interior a los niños…






A Martín le tocó este Halloween la tediosa labor de acompañar a los niños del vecindario en su búsqueda de caramelos tocando puerta por puerta. Todos los años uno de los padres era el encargado de vigilar a lospequeños mientras corrían alegres acumulando dulces y chocolatinas. No es que a Martín no le gustaran los niños, los adoraba, pero tener que controlar a tanto pequeñajo era un trabajo agotador. A su hijo de ocho años le podía pegar un par de gritos para calmarlo pero cuando su misión era vigilar los hijos de los demás su función era mucho más difícil.


Aún así tenía que reconocer que lo estaba disfrutando mas de los que esperaba, los niños se estaban portando muy bien y estaba viendo a su hijo disfrutar. Además los vecinos del barrio residencial donde vivía eran realmente amables con los niños e incluso con él, ya que varios le ofrecieron golosinas y le daban ánimos con el arduo trabajo que controlar a más de una decena de fierecillas. Aunque como en todovecindario siempre hay un viejo cascarrabias al que todos los niños le tienen miedo.


Don Clemente era el prototipo de viejo viudo y amargado que aparece en las películas… El típico anciano que no devuelve el balón a los niños cuando cae en su jardín y vivía en un viejo caserón de esos que provocan un escalofrío al pasar. Martín sabía que nunca abría la puerta a los pequeños en Halloween y mucho menos les daba caramelos, pero era su obligación acompañar a los niños a golpear la puerta. Por lo menos sería una buena excusa para asustar un poco a los niños y poder controlarlos un poco mejor.


Su sorpresa fue mayúscula cuando a los pocos segundos de golpear la puerta de Don Clemente éste apareció totalmente cubierto por una sábana blanca, un disfraz improvisado de fantasma que pareció encantar a los niños. Al fin el ogro (como le llamaban algunos) se había ablandado y repartía caramelos, chocolatinas y manzanas caramelizadas entre los pequeños. Nunca articuló ni una palabra pero sin duda era todo un avance en su actitud. Martín agradeció el gesto y se despidió de Don Clemente con un apretón de manos. Le llamó la atención que usara guantes dentro de casa, pero la verdad es que el viejo era tan excéntrico que no le dio mayor importancia. Al menos no hasta pasados diez minutos…


El hijo de Martín súbitamente comenzó a vomitar, parecía que se estuviera ahogando y aunque seguía respirando lo hacía de forma muy débil y superficial. Segundos después comenzó a convulsionar en el sueloy sus labios tomaron un color azulado. El tiempo que tardó en llegar la ambulancia se le hizo eterno. Al llegar los sanitarios el niño estaba en coma, le entubaron para ayudarle a respirar y salieron a toda velocidad hacia el hospital mientras la sirena de la ambulancia sacudía con su estruendo el pacífico y tranquilo barrio.


A pesar de todo el esfuerzo del equipo médico el hijo de Martín falleció en menos de media hora. El médico de guardia nunca había visto un caso como el de esa noche, pero si había leído mientras cursaba medicina un caso similar. Un envenenamiento por cianuro.


Rápidamente revisó en la mochila que aún llevaba el cadáver del niño y encontró la bolsa de caramelos que había recolectado ese Halloween . Un inconfundible olor a almendras amargas (olor que normalmente tiene el cianuro) se desprendía de una de las chocolatinas. Al abrirla encontró en un interior un polvo blanco que claramente alguien había introducido dentro del chocolate. Siguió abriendo chocolatinas y encontró en algunas mas el polvo y algo aún más inquietante… Al partir una de las manzanas caramelizadas encontró en su interior cuchillas de afeitar y agujas. Sin duda alguien había decidido envenenar a todos los niños del barrio o al menos provocarles daños graves con agujas y cuchillas escondidas dentro de la comida.


El médico salió corriendo al pasillo y sujetando fuertemente por los hombros a Martín le empezó a preguntar si había más niños con su hijo


- Debemos avisar al resto de padres que no dejen comer nada a los niños, no podemos permitir que ningún niño más muera. – El médico en su afán por salvar vidas no había recordado avisar al padre de la muerte de su hijo.


La cara de preocupación de Martín cambió inmediatamente a una de total desolación


- ¿Ningún niño más? ¿Qué le ha pasado a mi hijo? ¿Dónde está?


Martín apartó al doctor y entró a empujones en la sala donde habían atendido a su hijo. Destrozado por el dolor de la pérdida se sentó en el suelo mientras abrazaba el cuerpecito sin vida de su hijo.


Las lágrimas pronto se convirtieron en un rostro de rabia mientras el doctor le explicaba que habían encontrado restos de cianuro en las golosinas que alguien le había regalado a los niños e incluso dentro de una manzana habían agujas y cuchillas de afeitar. Martín recordó cual fue la única casa donde habían regalado manzanas caramelizadas y entonces empezó a atar todos los cabos: la amabilidad sin precedentes de Don Clemente, porqué llevaba guantes dentro de casa y que su hijo minutos después de la visita comenzara a sentirse mal.


Sin mediar palabra salió corriendo del hospital al que justo en ese momento llegaba otro niño con los mismos síntomas de su hijo. Martín reconociendo a su vecina le dijo que avisara por teléfono al resto de madres que no dejaran comer nada a los niños. No dijo nada mas ya que subió a un taxi y salió rumbo a la casa de Don Clemente.


Martín no era un hombre muy corpulento pero cualquier persona que se hubiera cruzado con él hubiese dado un paso atrás al ver su rostro desencajado por la furia. De un patadón reventó la puerta de entrada de Don Clemente y entró en su casa con la intención de matarle con sus propias manos. Pero al llegar a la habitación del viejo se dio cuenta de que alguien se le había adelantado. Don Clemente estaba tirado en elsuelo con la cabeza destrozada y restos de sangre seca manchaban la alfombra sobre la que estaba tendido su cadáver.


Pocos minutos después llegó la policía y encontró a Martín sollozando y sentado en la cocina de Don Clemente mientras sostenía una carta en la que el verdadero asesino había escrito:


FELIZ HALLOWEEN


Un forense determinó que el viejo llevaba muerto varias horas y no pudo ser quien entregó los dulces envenenados, alguien amparado por un disfraz improvisado de fantasma había suplantado al anciano y envenenado a los pequeños. Esa noche fallecieron cuatro niños y varios más sufrieron cortes y pinchazos en sus bocas al comer chocolatinas y manzanas.


NOTA: Por aterrador que parezca en Estados Unidos se han dado casos de envenenamientos y se han localizado tanto cuchillas y agujas como drogas en los dulces que algunos desaprensivos regalan a los niños. ¿Leyenda o realidad? Yo por si acaso me pensaría mucho comerme algo que me ha regalado un desconocido.

Los Gemelos Traviesos







Dos hermanos gemelos conocidos en su pueblo por sus travesuras se cuelan en la casa de un viejo que acaba de fallecer para poder ver un cadáver de cerca. Cuando se encuentran jugueteando y burlándose del cuerpo llegan…


Pedrito y Juanito eran inseparables, no en vano eran hermanos gemelos y estaban entre los pocos niños de su edad que quedaban en el pueblo. Hacia años que la gente había empezado a migrar a la ciudad y los pocos jóvenes que permanecían en el pueblo lo hacían más por apego a sus mayores que por un deseo real de quedarse. Los padres de Pedro y Juan no eran la excepción, más de una vez se habían planteado hacerlas maletas y arriesgarse a empezar una nueva vida en la ciudad, alejados de la monotonía del campo y el pesado trabajo de arar y sembrar los cultivos. Pero la idea de que sus hijos se criaran entre coches, humo y los peligros propios de las grandes urbes les frenaban. Aunque claro, eso también tenía su contra, los niños prácticamente estaban solos y no tenían muchos amigos con los que jugar.


Los gemelos eran conocidos en todo el pueblo por sus travesuras, es normal a esa edad que los niños sean inquietos y más cuando se aburren por no tener amigos con los que correr y jugar, pero los pequeños no paraban con sus pillerías y muchos ancianos del pueblo ya estaban hartos de ellos. Incluso, más de uno le había dado una bofetada a alguno de los gemelos o había ido con el cuento a sus padres o al cura, quienes a su vez ya les habían pegado más de un tirón de orejas. Su curiosidad no tenía límites y aprovechaban cualquier despiste para colarse en la casa de un vecino o espiar por una ventana.


Como en todos los pueblos, en el que residían los niños había un viejo huraño, uno de esos abuelos cascarrabias y con mal carácter al que pocos echan de menos cuando muere. Ese era el caso de don Vicente, que cuando falleció a los 75 años de edad no dejó mas que una sensación de alivio entre sus vecinos. Ya había protagonizado alguna pelea por sus terrenos con familiares y propietarios de las zonas colindantes, así que la noticia de su muerte no tuvo demasiado impacto en el pueblo. Aunque por supuesto llegó a oídos de los gemelos, que no dudaron ni un segundo que tenían que ir a investigar.


Nunca habían visto un muerto y su curiosidad fue tan grande que decidieron colarse en la casa de don Vicente cuando todo el mundo había salido del velatorio. Lo de “todo el mundo” es más un decir que lo que pasó realmente, porque salvo un par de plañideras aficionadas a llorar sin motivo aparente en cada funeralque se celebraba en el pueblo (incluso cuando casi no conocían al fallecido), prácticamente no fue nadie a presentarle sus respetos a don Vicente. Tal era el abandono del cadáver del anciano que incluso faltando pocas horas para su funeral ni siquiera le habían metido dentro de su ataúd y aún descansaba sobre una mesa en mitad del salón de su casa.


Pedrito y Juanito encontraron la casa vacía y las condiciones idóneas para saciar su curiosidad y ver al muerto sin que nadie les moleste. Con una total falta de respeto lo manosearon, le intentaron abrir los ojos y la boca, le movieron los brazos como si fuera una marioneta y le imitaron mientras se reían de él, pero un ruido en la finca les alertó.


Corrieron hacia la salida, pero ya era demasiado tarde y, sin saber dónde ocultarse, se metieron en un pequeño armario que estaba tirado en mitad del suelo del recibidor.


La voz de dos hombres que reconocieron como el cura y un viejo herrero, con el que habían tenido problemas en el pasado, sonó acercándose al armario.


-¿Quién ha dejado esto aquí tirado? No se puede ni pasar al salón, ya me contarás cómo va a pasar la gente a presentar sus respetos a don Vicente- Dijo el cura

-Tampoco creo que fuera a venir nadie, don Vicente se ha labrado a pulso una reputación de maleducado durante años y no creo que le llore nadie en este pueblo.

-No hables así, el hombre ya está esperando el juicio de Dios que es el único que tiene el poder de juzgar sus actos- aseveró el cura.


Ambos trataron de levantar el atáud (los niños, mientras los hombres hablaban, se habían escondido dentro por miedo) y se dieron cuenta de que ya estaba lleno.


-¡Ves! aún quedan buenos samaritanos en el pueblo, alguien nos ha facilitado el trabajo y ha metido a don Vicente en su caja. Llevésmoslo a su descanso eterno.-dijo el cura.


Los niños escuchaban toda la conversación desde el interior del féretro, pero era tanto el miedo que tenían al cura y al herrero que no quisieron revelar que en realidad eran ellos los que estaban dentro y quisieron esperar el momento adecuado para escapar.


Nadie acudió al funeral de don Vicente, por lo que el cura, cansado de cargar con la caja y el supuesto muerto, decidió realizar una versión rápida de la misa y en cinco minutos ya había despachado la situación. Los niños, víctimas del calor y el aburrimiento, empezaban a sentirse muy cansados y casi sin darse cuenta se quedaron dormidos. No pasaron más de cuarenta minutos cuando un ruido en la tapa del ataúd les despertó. Paletadas de tierra caían sobre la caja que ya había sido sellada y ni las patadas ni los gritos de los gemelos parecieron alertar al anciano enterrador que era conocido en el pueblo por su sordera. Los niños quedaron enterrados vivos y nadie parecía haberse dado cuenta…


Los padres de Pedrito y Juanito se sorprendieron cuando estos no llegaron a la hora de la merienda, pero imaginaron que estarían demasido entretenidos jugando o que algún vecino del pueblo les había invitado a comer algo. Lo que ya les alarmó fue que anocheció y llegó la hora de la cena y no aparecían por ninguna parte. Entonces comenzaron a buscarles y preguntaron a todo el que se encontraban por las calles, pero nadie parecía haberles visto en todo el día. Asustados llamaron a la Guardia Civil y una pareja de agentes se acercó a coordinar las labores de búsqueda. La madre recordó la muerte de don Vicente y tuvo la intuición de que los niños probablemente fueran a curiosear, pero allí no encontraron más que el cadáver del anciano sobre la mesa del salón, los vecinos se alarmaron cuando encontraron al muerto aún sin enterrar y rápidamente llamaron al cura.


-¿Cómo que no está enterrado? Yo mismo le llevé al cementerio y tuve que darle una misa a la que ninguno de vosotros fue.

-Eso es imposible, padre, don Vicente aún descansa sobre la mesa de su casa.

-Pero el ataúd estaba lleno cuando lo enterramos, si no fue a él ¿A quién hemos sepultado?


La cara de miedo de la madre se reflejó al instante y, conociendo como conocía a sus hijos, intuyó que ellos eran capaces de haberse metido dentro del ataúd en una de sus travesuras.


Por más prisa que se daban en desenterrar el ataúd, el tiempo parecía eterno para los habitantes del pueblo. Era tradición allí enterrar lo más profundo que era posible los féretros, de esta forma se podían sepultar en una tumba a varios familiares y se evitaban olores que se podían convertir en insoportables al visitar el cementerio en los meses más calurosos. Por este motivo llevó varios minutos remover suficiente tierra como para poder abrir el ataúd.


Lo que encontraron allí dentro fue un espectáculo escalofriante. Los niños habían muerto asfixiados, pero no sin antes luchar por sus vidas intentando escapar. Se habían destrozado las uñas de las manos arañando la madera y sus pequeños cuerpecitos estaba cubiertos de sangre. En plena desesperación habían tratado de romper la caja a golpes y se habían lastimado entre ellos y, probablemente fruto de la misma desesperación, habían acabado peleándose como animales acorralados, de modo que podían verse marcas de mordiscos y arañazos en los cadáveres de los gemelos.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

El Puente de los Lamentos






Una de las leyendas urbanas más aterradoras y difundidas en Estados Unidos cuenta la historia de un puente, en el que si detienes tu vehículo por la noche, podrás escucharse los lamentos y llantos de un bebé. ¿Te atreverías a comprobarlo?…


Tom viajaba de noche por una carretera comarcal de Ohio, era un viaje tranquilo y porque no decirlo tal vez un poco aburrido. Para entretenerse había sintonizado una frecuencia de radio en la que un loco predicador hablaba de la salvación eterna, por supuesto después de hacer una generosa donación a su iglesia. Tom solamente de escucharle se estaba poniendo enfermo, ¿cómo podia existir gente que le creyera? ¿no estaría prohibido vender productos falsos como las astillas de la cruz de Cristo o las lágrimas de la virgen María? Estaba tan indignado que casi no se dio cuenta de una jovencita que caminaba por el árcen de lacarretera y le hacía gestos para que se detuviera.


Casi frenando en seco Tom detuvo su vehículo pocos metros por delante de la chica.


- Cielo, como se te ocurre caminar sola a estas horas con el frío que hace, he estado a punto de llevarte por delante con mi coche – dijo Tom mientras reducía el volumen de la radio.

- Gracias por detenerse señor, tengo mucha prisa porque mi bebé me está esperando, se me ha hecho de noche y nadie se ha detenido para ayudarme, usted debe ser la tercera persona que veo en media hora y el primero que me ayuda.

- No te precoupes, si no me desvía mucho del camino te acercaré a tu casa.


Tom no acostumbraba a recoger autoestopistas y probablemente si no hubiera estaba tan absorto con el programa de radio que escuchaba no se hubiera arriesgado a detener su vehículo para ayudar a una desconocida. En todo caso al ver la cara de preocupación de la que parecía casi una niña y escuchar lahistoria de que debía reunirse con su bebé se conmovió.


- Hola, me llamo Tom, no se como no te has congelado en una noche como esta – le dijo mientras le ofrecía una sonrisa.

-Muchas gracias Tom, soy Sarah, no tenía previsto caminar hasta tan tarde, realmente no estoy lejos de casa, sólo hay que llegar al próximo puente que está a un par de kilómetros, allí está mi bebé esperándome.


Tom no se atrevía a preguntarle la edad a la chica, le había dejado impresionado que nombrara dos veces a su bebé pues no aparentaba tener mas de catorce o quince años. Fijándose un poco en las ropas de Sarah se dio cuenta que probablemente perteneciera a algún tipo de congregación amish porque sus holgadas vestimentas parecían casi sacadas del siglo pasado. Estaba confuso y no sabía que tema de conversación sacar pues aunque se moría de ganas de comentar con alguien las estupideces que pregonaba en su discurso el predicador, sabía que los amish eran bastante religiosos y lo que menos pretendía era incomodar a la chiquilla. Casi sin darse cuenta se creo un incómodo silencio que duró un par de minutos hasta que…


-¡Es aquí! – dijo la chica al acercarse al puente que le había mencionado antes.


Tom redujo la velocidad del vehículo hasta que como por arte de magia, al situarse sobre el puente, el coche se detuvo solo. Las luces, la radio y la calefacción se apagaron y por más que trataba de arrancar nuevamente le resultaba imposible. Y entonces sintió algo a su izquierda…


Era como si todos los animales que habitan la noche se hubieran puesto de acuerdo para hacer un silencio absoluto, no se escuchaba nada, ni tan siquiera el viento mover las hojas de los árboles cercanos. Cuando de repente un suave llanto se empezó a oir, era como un susurro que cada vez se hacía más fuerte. Bajó la ventanilla para escuchar mejor y cuando se dio la vuelta vio que la chica ya no estaba en el asiento del copiloto.


Era verdaderamente extraño, porque no había escuchado abrirse o cerrarse la puerta de su acompañante, también le resultó raro que se fuera sin despedirse pues se había mostrado muy educada durante los escasos minutos que la había conocido. Pero lo que verdaderamente le atormentaba era ese llanto que cada vez era más intenso, como el de un bebé que lleva desatendido horas. Bajó del vehículo y se acercó al borde del puente donde parecía que se escuchaba con mayor intensidad. No había duda provenía de debajo del puente.


Tom no era un hombre valiente pero se encontraba como hipnotizado por los quejidos de lo que parecía un bebé, pensó que tal vez Sarah había bajado a atender a su hijo y por eso, con las prisas, no se había despedido, así que regresó a la entrada del puente y bajó al río por uno de los laterales.


Descendió hasta encontrarse cerca del río, el lugar del que parecía provenir el llanto. Misteriosamente, y aunque no podía ver nada, cada vez podía escuchar con más claridad el lamento del bebé, era extraño porque parecía provenir de las aguas y por más que miraba junto a su lecho no podía ver nada, pero entonces lo sintió…


Como si una fría aguja de hielo se clavara en su espalda, le sacudió un escalofrío que le dejó prácticamente petrificado. Podía notar como alguien le miraba desde el puente, una mirada fija que le helaba la sangre. Lentamente levantó la cabeza para ver quien le vigilaba y cayó al suelo de la impresión…


Colgando del puente se encontraba el cadáver se Sarah que parecía haberse ahorcado con una cuerda atada a la barandilla del puente. Sus fríos ojos de muerta le miraban fijamente, su rostro tenía una extraña mueca de dolor y su boca parecía desencajada, pero lo más aterrador estaba por llegar. Porque aunque Sarah parecía llevar varios días muerta en el lugar, empezó a moverse. Un brazo se extendió y con un dedo señaló el lecho del río.


Tom aún desde el suelo estaba tan petrificado por el miedo que no se atrevía a moverse, pero como la luz atrae a los insectos nocturnos casí sin poder evitarlo giró su cabeza hasta mirar al lugar donde apuntaba el dedo en descomposición de Sarah.


En el agua podía verse el cuerpo de un recién nacido flotando boca abajo y una vez más escuchó el llanto desconsolado.


El miedo dio camino al pánico y el terror que antes le paralizaba ahora le obligaba a correr, a correr tan rápido como podía. Subió tropezando por la cuesta por la que había descendido al cauce del río y se metió nuevamente en su coche. Pero no arrancaba y cada vez se escuchaba más cerca el llanto del niño y el lamento del espíritu de Sarah. Totalmente desesperado empezó a empujar el vehículo que, tan misteriosamente como se había apagado, se encendió solo al cruzar el puente. Subió al coche y condujo tan rápido como pudo para escapar del Puente de los Lamentos.


NOTA: La leyenda de los “Puentes del llanto del bebé” (Crybaby Bridge) es una de las más conocidas en Estados Unidos y tiene especial difusión en el estado de Ohio donde prácticamente todos los puentes de construcción antigua tiene su propia leyenda. La mayoría de estas historiastiene un punto en común, una madre demasiado joven que tras ocultar su embarazo decide arrojar a su bebé recién nacido al río desde un puente para que sus padres no la descubran. El bebé muere ahogado (o golpeado por las rocas según la versión) y la madre sufre tal sentimiento de culpa que acaba suicidándose ahorcándose desde una viga del puente (o lanzándose al río ella también). Desde ese momento el alma en pena del bebé no cesa de llorar cada noche y el espíritu de la madre trata de encontrarlo a la orilla del río o busca ayuda de los conductores que circulan sobre el puente.


En casi todas las versiones si detienes el vehículo sobre el puente y te paras a escuchar podrás oir el llanto, y lo que es más escalofriante, tu vehículo se detendrá y no podrás arrancarlo de nuevo. La única forma de ponerlo en marcha nuevamente será empujarlo hasta cruzar completamente el puente.


Existen muchas variantes de esta leyenda, en algunas el espíritu de la madre y el niño te pueden llegar a incitar a suicidarte, ahorcándote como lo hizo la madre o simplemente saltando al río donde las frías aguas o un golpe contra las rocas acabará con tu vida. En otras versiones se habla de un orfanato que se incendió y los niños asustados al escapar acabaron ahogándose en el río. Por eso es posible escuchar más de un lamento.

El Amigo Imaginario




Una niña llega con su familia a su nuevo hogar, una gigantesca casa con un jardín enorme en el que hay una casita en el árbol. Pronto la niña se volverá más solitaria y sólo querrá pasar el día jugando con su amiga imaginaria…


Casandra era una tímida niña de seis años que prefería la compañía de sus muñecas a relacionarse con otros niños. Por este motivo no le resultó muy duro cambiar de casa y dejar atrás su antiguo barrio y colegio cuando sus padres decidieron mudarse.


Sus padres estaban preocupados por el cambio, pero sabían que con el tiempo acabaría disfrutando de su nuevo hogar. Una vieja mansión que tenía un gran jardín, con un columpio, un tobogán e incluso una pequeña casita de madera en el árbol.


La niña se acostumbró enseguida a su nuevo hogar. Pero tener tanto espacio para jugar la volvió incluso más retraída y solitaria. Casandra solía subir con sus muñecas a la casa del árbol y pasaba allí varias horas hablando sola, según ella con su amiga Ana. Los padres no le dieron mucha importancia pues sabían que a esa edad eran comunes los amigos imaginarios. Las vacaciones de verano pronto acabarían y con el nuevo curso escolar haría nuevos amigos en clase.


Los días pasaban y el comportamiento de la niña cada día era más extraño, casi no hablaba con sus padres y aprovechaba cualquier momento para “refugiarse” en su casita del árbol. Los padres podían escucharla hablar durante horas con su amiga Ana. Pero lo que más les preocupaba era que cada vez conciliaba peor el sueño, hablaba dormida y parecía sufrir pesadillas pues era habitual que entonara frases como “tengo frío”, “no puedo ver” o “ayúdame”. Una noche la madre sintió pasos en el pasillo, asustada avisó a su marido, quien salió a ver y se encontró a Casandra caminando sin rumbo, la niña parecía sonámbula y, cuando su padre la llamó, se despertó totalmente aturdida y sin saber qué hacía de pie fuera de su habitación.


Cada vez las incursiones nocturnas de Casandra eran más atrevidas y se alejaba más de su cuarto. Sus padres tenían miedo de que la niña saliera a la calle, sola y por la noche. Así que decidieron llevarla a una clínica del sueño en la que podrían “monitorear” sus hábitos de sueño para tratar su sonambulismo. Pero tras pasar dos noches no se detectó nada extraño, de hecho en ambas ocasiones Casandra durmió plácidamente toda la noche. El psicólogo tampoco ayudó mucho, únicamente les confirmó lo que ellos ya sabían, que tenía una amiga imaginaria que se llamaba Ana y que tenía su misma edad. El psicólogo le restó importancia al hecho y les dijo que era relativamente frecuente , y más teniendo en cuenta que la niña prácticamente no tenía amistades. Les recomendó que pasaran más tiempo con ella y que trataran de relacionarla con más niños de su edad para que Casandra fuera, poco a poco, olvidando a Ana y centrándose en sus amistades reales.


Los padres siguieron al pie de la letra las indicaciones del psicólogo, pasaban cada vez más tiempo con ella y la dejaban poco tiempo libre para que fuera a “charlar” con Ana en su casa del árbol. Pero eso no hizo más que empeorar su ataque de sonambulismo, parecía como si el tiempo que ya no pasaba con su amiga imaginaria por el día lo compensara por la noche. Sus sueños parecían cada vez más vívidos y en un par de ocasiones el padre la encontró a punto de salir al jardín. La niña cada vez parecía más agotada y con el cansancio acumulado era como si cada noche perdiera más el control y pasara más tiempo sonámbula.


Una noche el padre sintió como alguien bajaba la escalera, al ver a su hija en la puerta de casa un frío le recorrió la espalda. Al contrario que en otras ocasiones, cuando llamó a Casandra la niña pareció ignorarle y solamente le dedicó una mirada fugaz antes de abrir la puerta y salir al jardín. Los ojos de su hija parecían otros, era como si no la reconociera. Asustado, bajó las escaleras y salió corriendo detrás de ella mientras la niña avanzaba en dirección a la casita del árbol; cuando estaba a pocos metros del lugar, la niña se agachó mientras balbuceaba algo que su padre no podía entender.


Casandra comenzó a escavar el suelo con sus manos, su padre al llegar a su lado la escuchó decir “tengo que salir”, “aquí hace mucho frío”. Su padre la abrazó y sintió que su hija estaba congelada, era como si no respondiera y luchaba por seguir cavando, sus pequeños dedos estaban ensangrentados por arañar la tierra y golpearse con las piedras que había en el suelo. Se había roto un par de uñas y aún así parecía no despertarse. El padre no sabía qué hacer mientras la niña pataleaba y le pedía que la soltara y la dejara continuar.


De repente, como si se le encendiera una luz en la cabeza, el padre dejó de llamarla por su nombre y la llamó “Ana”, en ese momento la niña se giró y dejó de luchar mientras se le quedó mirando.


- Ana, ¿eres tú?. – dijo el padre.


La niña le miró fijamente con unos ojitos que imploraban que la ayudasen, un par de segundos después se desmayó, al instante abrió nuevamente los ojos y esta vez Casandra con su propio cuerpo miró asustada en todas direcciones como intentando comprender dónde estaba y por qué le dolían tanto las manos. Su padre la llevó dentro de casa, donde su madre se quedó limpiando sus heridas, el daño no era tanto como parecía en la oscuridad de la noche, pero el padre sabía que tenía un asunto pendiente en el jardín, así que mientras su hija se reponía con su mujer, bajó con una linterna y una pala.


Al llegar al mismo lugar donde Casandra había escavado, volvió a sentir un escalofrío. Pero no era momento de tener miedo, empezaba a intuir el motivo por el que su hija no podía descansar por las noches y quería acabar de una vez por todas con el problema. Clavó una y otras vez la pala, hasta que pudo ver algo que le llamó la atención. Una pequeña manita huesuda apareció bajo la tierra. Era tan pequeña como la de su hija y al verla sintió una tristeza tan profunda que se puso a llorar. El padre entre llantos entró a su casa y le pidió a su mujer que no saliera al jardín bajo ningún concepto mientras él realizaba una llamada.


Menos de veinte minutos después un coche de policía y un forense llegaron para levantar el cadáver de una niña de unos seis años. Investigaciones posteriores demostraron que se trataba de Ana, una niña que había desaparecido hace un par de años en uno de los pueblos cercanos. La niña al parecer había sido asesinada, pues su cadáver mostraba signos de violencia. El anterior propietario de la casa la había enterrado en su jardín, sabiendo que nadie podría investigar en una propiedad privada sin una orden judicial.


Ana nunca más se comunicó con Casandra; parece que, al desvelarse su asesinato y detenerse a su asesino, por fin pudo descansar. Pero Casandra siempre guardaría el escalofriante recuerdo de cuando hablaba con un espíritu que no podía descansar.


NOTA: Siempre se ha creído que los niños tienen un don especial para ver los entes del más allá. Muchas personas identifican los amigos imaginarios, que muchos niños tienen a determinada edad, con la presencia de espíritus que podrían relacionarse y comunicarse con ellos. ¿Será verdad la leyenda? ¿Pueden los niños ver fantasmas? y lo qué es más escalofriante… ¿pueden comunicarse con ellos? Por si acaso la próxima vez que tu hijo, tu sobrino o tu hermanito hable sólo y sientas un frío recorrer tu espalda ponte a temblar porque un fantasma podría estar muy cerca.